miércoles, 1 de julio de 2026

UN BUNGALOW EN MAZAGÓN




UN BUNGALOW EN MAZAGÓN


Nos contaba mi padre que, durante una breve época de su vida, cuando era jovencillo, tuvo dos buenos amigos. Uno era de familia acomodada y el otro, de familia más acomodada aún; así que al lado de ellos, el origen humilde de mi padre era más que evidente. Pero como la amistad verdadera no entiende de este tipo de diferencias, y menos aún en la niñez, los tres chicos se buscaban siempre que podían porque se llevaban muy bien.
Una tarde, el chico que pertenecía a la familia más pudiente los invitó a su casa a merendar. Allí fueron y, cuando mi padre iba a entrar a la cocina, la madre de su amigo le paró con la mano y le dijo: “Tú no, bonito; tú espéralos fuera, que enseguida salen”. Mi padre obedeció y se sentó en los escalones de la calle a esperar. Pasado un rato, se asomó a una de las ventanas para ver si les faltaba mucho a sus amigos y, al verle, la señora cerró los visillos. Cuando terminaron de merendar, los chicos salieron y los tres se fueron de nuevo a callejear por el barrio, en la que sería una de las últimas aventuras de esta minipandilla.

No era la primera vez que menospreciaban a mi padre por ser de familia pobre, ni sería la última, pero esta anécdota él la recordaba con especial dolor. Sobre todo porque, al poco, esos chicos (¡oh, sorpresa!) desaparecieron de su vida y no supo nada de ellos hasta décadas después, cuando, por casualidad, se enteró de la desgracia que le había ocurrido a uno de ellos.
Hoy, recordando esta y otras historias mientras desempaquetaba álbumes, he reparado en esta fotografía de mis padres.
Aquí están recién casados y, por trabajo, viven en Mazagón en un bungalow frente al mar. Mi padre tiene 38 años y una profesión a su medida que le permite viajar por España y conocer sitios nuevos, casi vírgenes en aquellos años sesenta. Además, se había casado con Tasina, su vecina del pueblo durante su niñez y con la que se reencontró en la madurez. No sé qué estaría pensando mi padre en esta foto, pero me lo puedo imaginar. Si la frase “hacerse a sí mismo” tiene algún significado, debe de ser este; y no hablo de nada material, porque su nivel de vida siguió siendo modesto.

Mi mente no ha podido evitar mezclar la anécdota de aquella señora rica con lo que me transmite esta fotografía. Creo que mi padre, en este momento de su vida, se sentía sencillamente feliz; libre, sobre todo. También mi madre. Y pienso que aquella señora de marras, la de tan alta cuna, quizás no debía de ser muy dichosa cuando, para sentirse alguien, necesitó humillar a un chavalín. O quizás sí. Cada cual rellenamos nuestro ego con lo que tenemos, o con lo que nos falta, y con lo que somos.

Voy a seguir mirando fotos…



Sonia Serna San Miguel

(Verano, Otero de Herreros)