miércoles, 1 de julio de 2026

UN BUNGALOW EN MAZAGÓN




UN BUNGALOW EN MAZAGÓN


Nos contaba mi padre que, durante una breve época de su vida, cuando era jovencillo, tuvo dos buenos amigos. Uno era de familia acomodada y el otro, de familia más acomodada aún; así que al lado de ellos, el origen humilde de mi padre era más que evidente. Pero como la amistad verdadera no entiende de este tipo de diferencias, y menos aún en la niñez, los tres chicos se buscaban siempre que podían porque se llevaban muy bien.
Una tarde, el chico que pertenecía a la familia más pudiente los invitó a su casa a merendar. Allí fueron y, cuando mi padre iba a entrar a la cocina, la madre de su amigo le paró con la mano y le dijo: “Tú no, bonito; tú espéralos fuera, que enseguida salen”. Mi padre obedeció y se sentó en los escalones de la calle a esperar. Pasado un rato, se asomó a una de las ventanas para ver si les faltaba mucho a sus amigos y, al verle, la señora cerró los visillos. Cuando terminaron de merendar, los chicos salieron y los tres se fueron de nuevo a callejear por el barrio, en la que sería una de las últimas aventuras de esta minipandilla.

No era la primera vez que menospreciaban a mi padre por ser de familia pobre, ni sería la última, pero esta anécdota él la recordaba con especial dolor. Sobre todo porque, al poco, esos chicos (¡oh, sorpresa!) desaparecieron de su vida y no supo nada de ellos hasta décadas después, cuando, por casualidad, se enteró de la desgracia que le había ocurrido a uno de ellos.
Hoy, recordando esta y otras historias mientras desempaquetaba álbumes, he reparado en esta fotografía de mis padres.
Aquí están recién casados y, por trabajo, viven en Mazagón en un bungalow frente al mar. Mi padre tiene 38 años y una profesión a su medida que le permite viajar por España y conocer sitios nuevos, casi vírgenes en aquellos años sesenta. Además, se había casado con Tasina, su vecina del pueblo durante su niñez y con la que se reencontró en la madurez. No sé qué estaría pensando mi padre en esta foto, pero me lo puedo imaginar. Si la frase “hacerse a sí mismo” tiene algún significado, debe de ser este; y no hablo de nada material, porque su nivel de vida siguió siendo modesto.

Mi mente no ha podido evitar mezclar la anécdota de aquella señora rica con lo que me transmite esta fotografía. Creo que mi padre, en este momento de su vida, se sentía sencillamente feliz; libre, sobre todo. También mi madre. Y pienso que aquella señora de marras, la de tan alta cuna, quizás no debía de ser muy dichosa cuando, para sentirse alguien, necesitó humillar a un chavalín. O quizás sí. Cada cual rellenamos nuestro ego con lo que tenemos, o con lo que nos falta, y con lo que somos.

Voy a seguir mirando fotos…



Sonia Serna San Miguel

(Verano, Otero de Herreros)

miércoles, 4 de febrero de 2026

LOS GIRASOLES (Relato de terror)


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Los girasoles

Hace días que los girasoles que plantó mamá en mi jardín me tienen aterrado. Cuanto más los corto, más crecen, se han multiplicado y ahora rodean toda la casa. Sus cabezas amarillas me espían por las ventanas y sus largos tallos tapan la puerta del jardín si intento huir. Se han colado por las tuberías y me han dejado sin electricidad. No tengo escapatoria. Solo me queda confesar en esta nota que no me arrepiento de haber matado a mamá. Únicamente siento haberla enterrado bajo sus girasoles.


Sonia Serna San Miguel

(Segovia, enero 2025)

miércoles, 18 de septiembre de 2024

PAÑOS DE COLORES (MICRORRELATO)






PAÑOS DE COLORES

Cinco viejas amigas se reunían en las tardes para tejer a ganchillo pañitos de colores; los cosían entre sí en una única pieza que no tenía fin. Tejían una alfombra mágica que las llevaría volando adonde quisieran ir. Esta ilusión infantil provocaba ternura entre quienes las escuchaban. Meses después, cinco ancianas veían por primera vez el mar, sentadas sobre una alfombra de colores.



Sonia Serna San Miguel

(Otero de Herreros, 10 julio de 2024)


sábado, 13 de julio de 2024

LA TORRE DE ALCOR




LA TORRE DE ALCOR

En la cota más alta de la urbanización Alcor existe un edificio tan singular como entrañable. Es una pequeña construcción de dos plantas, coronada por una azotea accesible desde una escalera exterior. El edificio es un prisma de planta octogonal con una ocupación que apenas llega a los 30 m2.

Tal y como el fundador de la propia urbanización, Don Mariano Santos Miguel, narra en su libro Origen y proceso de la Urbanización Alcor, este minúsculo inmueble albergaba en su inicio, a finales de los años sesenta del siglo pasado, una pequeña vivienda en la planta baja y un depósito de agua en la planta superior, con el que se abastecía a la incipiente urbanización.

Con el paso de los años el depósito de agua dejó de cumplir su función, y el espacio que ocupaba fue adaptado también como vivienda, quedando así todo el edificio convertido en una de las construcciones más originales y coquetas que yo he tenido el placer de conocer y, sobre todo, de disfrutar.

A esta especie de faro bajito, a este centinela de mares y pinares, le llaman sus dueños "La Torre", aunque en mi casa también lo llamábamos “El minichalet”, y está ligado a los recuerdos de mi familia de la misma manera y por los mismos motivos que lo están el Parador y el propio Mazagón.

Yo tenía nueve años la primera vez que, subida a esa atalaya, fui plenamente consciente de lo que tenía ante mis ojos. Era una tarde muy soleada de septiembre, a pocos días de empezar el colegio, y recuerdo que me faltaba capacidad óptica para abarcar esos dos inmensos mares, uno verde y otro azul, que rellenaban todos los puntos cardinales. Tal era así, que en el suelo de la azotea bien podría haber estado dibujada una rosa de los vientos. La mitad de lo que veía a mis pies era absolutamente azul; la otra mitad era verde, con algunos tejados y fachadas que asomaban entre los miles de pinos. Un cielo de un celeste impecable resaltaba el verde de los pinares, y los dos colores, los dos mundos de tierra y mar, se unían allá abajo por una kilométrica cremallera de arena y olas blancas sin fin que yo no había visto en ninguna otra playa.

Aquel paisaje de luz de dimensiones colosales, de vida y de paz, se quedó grabado para siempre en la retina de una niña que con nueve años no tenía vocabulario suficiente para poder explicar lo que estaba viviendo. 

Esa fue la primera de muchas visitas y estancias que tuvimos la suerte de disfrutar mi familia y yo durante varios años más. No tardé en descubrir desde allí los atardeceres, las tormentas sobre el mar, las procesiones nocturnas de enormes barcos entrando y saliendo del puerto de Huelva... Contemplar desde lo alto de La Torre cualquier día de otoño, invierno o primavera, en la mañana o al anochecer, era un auténtico regalo para los sentidos.

 

Y con todo, lo que recuerdo con más nostalgia es la luz del faro del Picacho haciéndonos compañía hasta el alba. Aquellas ráfagas algo lejanas, barriendo el ancho de la ventana con una cadencia matemática, me hacían sentir segura y protegida, y yo me dormía tranquila, porque el faro quedaba vigilante y no se iba a apagar. 

En las noches más oscuras de invierno el silencio del entorno subía el volumen, Mazagón parecía aún más solitario, y la imaginación infantil me llevaba a inventar que la pequeña casa con forma de torre era un navío más en medio de aquellas aguas que no se veían, solo se oían, y que los marineros de algún barco cercano me acunaban con sus salomas mientras el faro del Picacho hacía las veces de candil.

Varias décadas después, y ya desde una adultez metida en vena, me sigo asombrando de cómo una humilde y minúscula construcción colocada sobre un promontorio junto al mar me hizo sentir tan afortunada como posiblemente no lo hubiera logrado la más fastuosa de las mansiones. La auténtica naturaleza de lo extraordinario es así.

La Torre sigue estando en un sitio privilegiado, y yo sigo añorando aquel faro y aquel mar.



Sonia Serna San Miguel

Segovia, junio de 2024

Ilustración de Abel Jiménez Serna @abeljsart



martes, 20 de junio de 2023

LA CASA DEL VIGÍA (RELATO)

 




La Casa del Vigía

Hoy ha amanecido Mazagón enredado en niebla, y cada vez que esto ocurre vuelvo a recordar al viejo marinero que conocí en una tarde también neblinosa.

Eso fue hace muchos años, en un domingo de invierno. Había sido un día tranquilo, y quise terminarlo paseando hasta la Casa del Vigía. Justo antes de llegar, una niebla intensa acabó con la poca luz que le quedaba al cielo, y como la humedad empezaba a calar, decidí dar media vuelta y entrar en uno de los bares que aún seguían abiertos en el centro de Mazagón.

En el interior había un grupo de clientes habituales. Estaban en una esquina de la barra charlando con el camarero sobre lo desapacible del clima y la oscuridad que habían traído las nubes. Me hicieron partícipe de la conversación en cuanto me vieron entrar frotándome las manos de frío. Les comenté que la niebla me había sorprendido de camino a la Casa del Vigía.

—­­­­­­­ ¿A la Casa del Vigía? Perdone que me inmiscuya, señorita, pero… ¿Ha llegado hasta allí? ¿La ha visto? — preguntó una voz desde el otro extremo del local.

Estas palabras hicieron que todos nos giráramos hacia la mesita que estaba junto a las ventanas. Desde ese rincón me miraba absorto un señor en el que yo no había reparado hasta ese momento. El tipo, que estaba solo, parecía sacado de uno de esos libros de navegantes intrépidos de hace dos siglos. Era corpulento, tenía barba y bigote muy cuidados, y su ropa era elegante, aunque pasada de moda. Sobre su mesa se enfriaba una taza de café negro, y junto a la taza había un libro antiguo y amarillento, con el lomo deshilachado. El tono de voz del hombre, muy educado, denotaba cierta intriga y desazón.

— ¿La ha visto? — me volvió a preguntar abriendo unos enormes ojos azules que habían estado escondidos en su rostro ajado.

Comencé a explicarle que no había llegado a ver la Casa del Vigía porque la niebla apareció de repente, y que decidí darme la vuelta, pero antes de acabar mi respuesta me interrumpió para pedirme, con mucha amabilidad, que me sentara a su mesa. Al notar mi perplejidad me lo volvió a pedir, esta vez poniéndose de pie e invitándome con su mano a ocupar una silla junto a la suya. 

Por favor, señorita… — me suplicó, también con su mirada. Me sentí comprometida y sin escapatoria, pero parecía significar tanto para él, que accedí.

Agradeció mi gesto cogiendo con delicadeza mi mano entre las suyas, y se presentó.

Me llamo Zenón. Siempre fui marinero. He navegado por todos los mares del mundo y, a pesar de no ser de por aquí, conozco palmo a palmo toda la costa onubense. 

Hizo una breve pausa y volvió a preguntarme si había llegado a ver el edificio, si había visto al menos la silueta de la terraza acristalada, y si allí había vislumbrado algo o a alguien. 

Es muy importante para mí — dijo lentamente y con tristeza.

De nuevo le contesté que no, que me di la vuelta unos metros antes de llegar porque no iba a poder fotografiar el atardecer, como hago otras veces, y porque empezó a hacer frío.

Qué lástima. Es que sólo se asoma cuando hay niebla, y hace tiempo que yo no consigo verla. Yo también vengo de allí. Y tampoco la he visto. Verá… Hace muchísimos años, cuando yo era marinero y nuestro barco entraba por este canal, la Casa del Vigía era mi referente emocional, porque me recordaba a la casona en la que me crié. Divisarla era para mí un aliciente, un alivio para el cansancio y la soledad. En un viaje de aquellos, cerca ya de esta costa, nos sumergimos de pronto en una bruma espesa, como la de hoy. Aun así, por superstición, por ritual, no sé por qué, me empeñé en no perder de vista el edificio. Y de repente la vi. Apareció en el ventanal acristalado de la esquina, mirando mar adentro.

En ese momento el señor Zenón cogió el libro viejo que tenía sobre la mesa y lo abrió por las hojas que tenía marcadas con un trozo de lazo negro. La página de la derecha la ocupaba por entero la ilustración de una mujer joven, preciosa, con un vestido oscuro y adornos de azabache; sus cabellos eran muy rubios, recogidos con un lazo también negro, como el que marcaba las páginas del libro. La joven tenía la mano izquierda apoyada en el alféizar de una ventana y la mirada perdida a través de su cristal.

Vi a esta mujer. Aquel día y varias veces más, y siempre a través de la bruma, nunca a plena luz — me decía mientras señalaba con su dedo el rostro de aquella joven. Por lo visto, el libro narraba la triste historia de una mujer, la del dibujo, que se quedó en tierra esperando a un prometido que nunca volvió.

— Yo tampoco volví, ¿sabe usted? Todo me parecía poco en aquellos años. Mi casa, mi vida, ella...Y me fui. Me iba a comer el mundo, pero... — susurró mirando a través de la ventana, y en un tono tan apagado que apenas entendí el final de la frase. Le llevó unos segundos salir de su ensimismamiento, y después retomó su narración.

— La dama que se asoma a las cristaleras de la Casa del Vigía los días de niebla, es esta, es esta, lo juro, lo sé… — prosiguió mientras volvía a señalar con el dedo la imagen del libro.

Prosiguió con varios detalles más, haciendo hincapié en las coincidencias entre su vida y la historia que narraba la novela. Su relato era fascinante, cautivador, y nada me hubiera gustado más que creer que todo aquello era cierto, pero no fue así. Sin embargo, el señor Zenón se expresaba con tanta lucidez (lucidez aparente, al menos), que decidí alargar algo más la conversación y los cafés. Cuando la sobremesa se agotó, le deseé suerte y ánimo con sus sueños y esperanzas. Se despidió agradeciendo mi atención y deseándome fe. Salud y fe, me dijo. Puso entre mis manos el lazo negro del libro, me obligó a aceptarlo, y se fue.

No puedo describir lo que sentí mientras veía al viejo salir del bar. Lo que empezó siendo un encuentro extraño y surrealista acabó por ser un capítulo inolvidable y enternecedor.

Esto ocurrió hace al menos veinte años. Nunca volví a ver al marinero Zenón ni encontré a nadie que lo hubiera conocido. A la hermosa dama que supuestamente se deja ver en la Casa del Vigía en los días de mucha niebla yo la llamo, cómo no, Penélope.

Como dije al principio de este texto, hoy también amaneció Mazagón con una espesa niebla. Dad por hecho que iré a la Casa del Vigía. Quién sabe si dentro de muchos años no sea yo quien cuente desde la esquina de un café que un día vi a una tal Penélope asomada al ventanal. O quizás cuente que Penélope era yo.



Sonia Serna San Miguel
(Segovia, junio de 2023)

lunes, 3 de octubre de 2022

ARCADIA (RELATO)




ARCADIA

En el zaguán de su casa pone la señora Arcadia una silla de enea, deja abierta la puerta que da a la calle y se sienta a ver la vida pasar. Las tardes son cálidas y la gente se anima a pasear. Como ella conoce a casi todos los que suben y bajan por su acera, no le faltan saludos y conversaciones.

-A mí esto me vale de mucho, ¿no sabes, hija? Esto me da la vida. El caso es que yo tengo mucha familia, pero vienen cuando pueden, tienen sus vidas, claro, yo lo comprendo…

En realidad no lo comprende, pero lo acepta, y deja colgadas sus frases mientras pierde su mirada, la que un día fue verde, en el zócalo algo desconchado del recibidor.

Arcadia tiene una memoria envidiable y una conversación ágil y amena, así que oír cómo hilvana recuerdos es un auténtico privilegio y un placer. Me cuenta que va a cumplir noventa años, que lleva viuda sesenta y tres y que ha criado a cinco hijos. Al ver que yo iba abriendo los ojos según mi mente hacía cálculos ha empezado a sonreír. Con su voz dulce me ha explicado que se casó a los dieciocho años con un señor de treinta y tres, un amigo de sus padres que quedó viudo con cinco críos.

-Bueno, me casé... Ya te imaginas. Me casaron mis padres, porque Juan, mi marido, era de una familia conocida del barrio y tenían cuatro perrillas, y en casa yo era una boca más a alimentar. A mí me acababa de dejar un novio que tenía, porque lo casaron con una chica de familia bien, así que era una forma de arreglar todos los descosidos. No me mires con pena, bonita, ya sabes que antes era así, y yo me hacía cargo de la situación. Juan era un buen hombre y yo una buena chica. Mis padres tan aliviados y todos en paz. Cuando yo tenía veintisiete años él falleció. Yo seguí criando a mis cinco hijos, porque para mí son mis hijos, aunque no llevan mi apellido, claro, llevan el de su madre. Me puse a trabajar en todas las casas que me salían. No sé cómo lo hice, pero los saqué adelante. Les ha ido muy bien a los cinco, gracias a Dios. Ya son muy mayores, alguno casi como yo, claro, pero viajan y disfrutan, y yo tan feliz de verlos así. Y ya está, bonita, no tengo mucho más que contar. Sí que me hubiera gustado aprender a conducir. ¡Ay, si yo hubiera tenido esa libertad! Habría conducido sin parar hasta el mar. Porque no conozco el mar. Mis hijos y mis nietos, por unas cosas o por otras, nunca me han podido llevar, y yo lo entiendo. Pero me traen revistas de otros países y novelas de aventuras, saben que me gusta leer. Mira cuántas tengo, me las dejan ahí...

Y Arcadia termina el resumen de su vida dejándome hundida en su conformidad, en su heroicidad invisible, en sus anhelos segados de raíz. Me he quedado tan callada que me he avergonzado de no encontrar una respuesta a la altura de lo que ella necesitaba oír.

Como si me hubiera leído el pensamiento, me ha cogido la mano y me ha dicho: "Tranquila, he sido más o menos feliz, tengo la conciencia en paz. Solo te lo he contado porque creo que te gusta escuchar. Oye, si te apetece café de puchero, está recién hecho en la cocina. Si no tienes prisa, nos tomamos uno aquí mismo, y mañana Dios dirá. ¿Te parece?".

En su zaguán hemos acoplado otra silla para mí y juntas nos hemos tomado un café lentísimo al ritmo del atardecer. Con la taza entre las manos me he estado preguntando cuántos cafés habrá hecho esta buena mujer a lo largo de su vida, cuántos platos habrá fregado una y otra vez, cuántos cabellos habrá peinado, cuántos guisos habrá cocinado, cuántas heridas habrá curado, un año, y otro, y otro más. Me pregunto cómo se premia tanta abnegación. También quisiera saber si alguna vez alguien le pidió perdón.

Y mientras yo me imaginaba a una Arcadia jovencilla soñando con ver el mar, un anciano se ha parado a saludar y a entregarle un ramito de hierbabuena que, por lo visto, le trae a menudo de su huerto. Me ha parecido que se conocen desde siempre, que se tienen mucho cariño y que en un ramito de hierbabuena caben muchas frases que no se llegan a decir. Se despiden con un mutuo “Cuídate mucho”, y el señor se va.

-No creas que él ha sido mucho más feliz que yo-, me dice Arcadia señalando al anciano que se aleja y mirándome de reojo con un gesto de picardía. Como he tardado un poco en atar cabos, se me ha adelantado en la conversación: 

-Sí, es él. También enviudó hace unos años. No tuvieron hijos, así que anda bastante solo. Bueno, siempre lo estuvo. Ya ves, unos me traen revistas y el otro hierbabuena. Pero no están. Tú me estás regalando tu tiempo y te estás tomando mi café. Estas cosas son la vida, la de verdad. Si vuelves otra tarde, me cuentas cosas tú a mí, que también me gusta escuchar.

Le he prometido volver y me he ido pensado en qué le voy a contar que no parezca una frivolidad al lado de sus noventa años de historia. Y qué historia. Pero supongo que eso en el fondo le da igual, que cualquier anécdota contada y escuchada con un poco de pasión es una gran aventura para quienes comparten sin prisas un café en un zaguán.


Sonia Serna San Miguel

Ilustración de Abel Jiménez Serna

(Segovia, junio de 2022)















viernes, 29 de julio de 2022

EL DUENDE DE ALCOR





EL DUENDE DE ALCOR


"Recuerdo aquel primer encuentro como si hubiera sido ayer, pero lo cierto es que ocurrió en los años setenta.

Era otoño y pasábamos el fin de semana en Mazagón, en la parte de Alcor que por aquel entonces aún lindaba directamente con el pinar. Mi hermano, algunos amigos y yo solíamos salir, como niños que éramos, a corretear por los alrededores, y siempre volvíamos a casa con algunas piñas secas, las que nos cabían en las manos, para quedarnos luego por la noche absortos en la chimenea viéndolas arder. Oír esos chisporroteos del fuego mientras toda la casa olía a eucalipto era un final redondo para esos días de absoluta sencillez y libertad.

Aquella tarde de octubre y con la merienda en las manos volvimos a salir por entre los pinos, buscando uno en concreto que estaba medio caído, casi horizontal, y desde el que se veía perfectamente el mar. Anduvimos jugando alrededor de aquel árbol hasta que el sol empezó a no calentar. Era hora de volver a casa, pero el encanto del lugar nos retuvo en el tronco sobre el que sentados mirábamos toda aquella inmensidad azul y verde. No había ninguna prisa por hacer otra cosa que no fuera estar ahí sentados, instalados en esa paz de colores y olores naturales y sin echar de menos nada más. Podría haber otros sitios en el mundo tan reconfortantes como este, pero no parecía probable.

Y, de repente, dejé de oír. En mi cabeza se hizo el silencio más absoluto. Algo había cambiado a mi alrededor, como si le hubieran hecho el vacío a mi realidad. Hasta la brisa desapareció, también la noción del tiempo y el canto de los pájaros, y una serenidad absoluta me inundó.

¿Qué acababa de ocurrir? Giré mi cabeza hacia los que estaban sentados en el tronco, a mi izquierda, y ahí seguían, como si nada. Era evidente que no notaban lo mismo que yo, así que volví a mirar lentamente a mi alrededor, al frente y luego hacia mi derecha. 

Y ahí lo vi. Sentado a mi lado y mirándome. Lo que unos minutos antes era un matojo de ramas largas y secas se había transformado en una figura antropomorfa, menuda, frágil y adorable, de un amarillo dorado, casi artificial. No era una persona, pero yo distinguí un cuerpo. No tenía cara, pero me miraba. No tenía boca, pero me sonreía. Esa pequeña criatura, o lo que fuera, no solo no me asustó, sino que me transmitió confianza y paz, una paz blanca y profunda. 

No sé cuánto duró este momento. Pudieron ser cinco minutos o tres segundos. 

Cuando pude reaccionar me volví hacia los demás para señalarles a la criatura, pero al girarme de nuevo hacia el duendecillo amarillo ya no había nada, solo el primitivo matorral de ramitas secas. Al instante se restablecieron los cantos de los pájaros, las conversaciones de mis amigos, el bramido lejano de las olas y los aromas que traía la brisa, y justo en ese momento se acabó de poner el sol.

Como era evidente que nadie más había experimentado lo mismo que yo, opté por callarme. También en mi casa callé. Me vi a mí misma, una niña de nueve años, intentando narrar semejante experiencia, jurando que no me lo inventaba, mientras los demás me tomaban por embustera o fantasiosa, de modo que nunca conté nada. Pero sabía que no lo soñé.

Hubieron de pasar diez años más hasta volverlo a ver. 

En esta ocasión era verano y de nuevo estábamos disfrutando de las vacaciones en Mazagón, en Alcor. Empezaba la sobremesa de un día muy nublado de julio, y como no era día de playa me subí al piso de arriba y me acomodé junto al ventanal. Desde aquella habitación se veían los cuatro o cinco chalets algo antiguos del otro lado de la calle y, a lo lejos, por encima de pinos y tejados, se observaba con nitidez una buena franja de mar.

Aquel día las aguas estaban bravas, grises, muy grises, tanto como las nubes, y cada vez más alborotadas por el romper de las olas. Los olores a pino y a tierra mojada se colaban por la ventana y se mezclaban con el aroma de café que aún volaba por la casa. Las nubes prometían rayos y truenos, algo maravilloso para los que adoramos las tormentas, así que me instalé encantada entre el tiovivo de fragancias, la novela que tenía a medio leer y la música de U2 que en esa época sonaba en bucle en mi radiocasete. La tarde prometía magia, así que solo quedaba disfrutar de aquel recogimiento hogareño y de aquella panorámica privilegiada.

Los primeros relámpagos aparecieron por la zona del espigón, y en seguida comenzó a tronar. La tormenta ya estaba aquí. El mar se convirtió en un hervidero de olas rotas flotando en un color ceniza, el cielo se vistió de gris marengo y los rayos castigaban con latigazos blancos a un Mazagón otoñal en pleno mes de julio. Yo estaba tan absorta como feliz. No podía hacer nada mejor que disfrutar del milagro de lo natural, una vez más.

Y fue en esta tormenta perfecta donde lo volví a ver.

Uno de aquellos relámpagos se paralizó entre las nubes, sus brazos de líneas torcidas se movieron hasta imitar una figurilla humana, blanca esta vez, y como ya ocurriera años atrás en el pinar su aparición detuvo el reloj y el curso de mi mundo.

¿Acaso estaba volviendo a pasar?  Bajé la mirada unos segundos para asegurarme de no estar perdiendo la cabeza, y al levantarla el trocito de rayo se había acercado hasta mi ventana, a unos centímetros de mi nariz, justo al otro lado del cristal. Volvió a sonreírme con la boca que no tenía y a acariciarme con la mirada que le faltaba. No había miedo, ni dolor. No sobraba ni faltaba nada ni nadie. Yo únicamente sentía una paz sobrenatural y la certeza de estar en un entorno y en un tiempo privilegiados. 

Pestañeé para enfocar mejor mi mirada y, simplemente, desapareció. 

Tampoco esa noche conté nada a nadie, y nunca hasta ahora había sentido esa necesidad.

De esto hace muchos años, y esa fue la última vez. No sé por qué lo vi solo en aquellas dos ocasiones ni por qué no lo he visto en ningún otro lugar, pero me seduce más alimentar el misterio y la duda. Me es más reconfortante creer que realmente hay un duende en Alcor, posiblemente en todo Mazagón, que se deja ver para recordarnos la importancia de pararse a contemplar. Quizás yo lo necesitaba para fijar en mi memoria el valor impagable de aquellos momentos, el de ciertas personas y el de aquel lugar, y llevarlos siempre conmigo como quien lleva una tabla infalible de salvación.

Si es así, que sepa el duende que funcionó."


Sonia Serna San Miguel

(Segovia, junio de 2022)