MIS SONIADAS
Escribo sobre las cosas más sencillas de mi día a día. Lo observo, a veces lo invento, lo siento y os lo cuento.
miércoles, 1 de julio de 2026
UN BUNGALOW EN MAZAGÓN
miércoles, 4 de febrero de 2026
LOS GIRASOLES (Relato de terror)
S
Los girasoles
Hace días que los girasoles que plantó mamá en mi jardín me tienen aterrado. Cuanto más los corto, más crecen, se han multiplicado y ahora rodean toda la casa. Sus cabezas amarillas me espían por las ventanas y sus largos tallos tapan la puerta del jardín si intento huir. Se han colado por las tuberías y me han dejado sin electricidad. No tengo escapatoria. Solo me queda confesar en esta nota que no me arrepiento de haber matado a mamá. Únicamente siento haberla enterrado bajo sus girasoles.
Sonia Serna San Miguel
(Segovia, enero 2025)
miércoles, 18 de septiembre de 2024
PAÑOS DE COLORES (MICRORRELATO)
PAÑOS DE COLORES
Cinco viejas amigas se reunían en las tardes para tejer a ganchillo pañitos de colores; los cosían entre sí en una única pieza que no tenía fin. Tejían una alfombra mágica que las llevaría volando adonde quisieran ir. Esta ilusión infantil provocaba ternura entre quienes las escuchaban. Meses después, cinco ancianas veían por primera vez el mar, sentadas sobre una alfombra de colores.
sábado, 13 de julio de 2024
LA TORRE DE ALCOR
LA TORRE DE ALCOR
En la cota más alta de
la urbanización Alcor existe un edificio tan singular como entrañable. Es una
pequeña construcción de dos plantas, coronada por una azotea accesible desde
una escalera exterior. El edificio es un prisma de planta octogonal con una ocupación
que apenas llega a los 30 m2.
Tal y como el fundador de la propia urbanización, Don
Mariano Santos Miguel, narra en su libro Origen y proceso de la
Urbanización Alcor, este minúsculo inmueble albergaba en su inicio, a
finales de los años sesenta del siglo pasado, una pequeña vivienda en la planta
baja y un depósito de agua en la planta superior, con el que se abastecía a la
incipiente urbanización.
Con el paso de los años el depósito de agua dejó de cumplir
su función, y el espacio que ocupaba fue adaptado también como vivienda,
quedando así todo el edificio convertido en una de las construcciones más
originales y coquetas que yo he tenido el placer de conocer y, sobre todo, de
disfrutar.
A esta especie de faro bajito, a este centinela de mares y
pinares, le llaman sus dueños "La Torre", aunque en mi casa también
lo llamábamos “El minichalet”, y está ligado a los recuerdos de mi familia de
la misma manera y por los mismos motivos que lo están el Parador y el propio
Mazagón.
Yo tenía nueve años la primera vez que, subida a esa
atalaya, fui plenamente consciente de lo que tenía ante mis ojos. Era una tarde
muy soleada de septiembre, a pocos días de empezar el colegio, y recuerdo que
me faltaba capacidad óptica para abarcar esos dos inmensos mares, uno verde y
otro azul, que rellenaban todos los puntos cardinales. Tal era así, que en el
suelo de la azotea bien podría haber estado dibujada una rosa de los vientos.
La mitad de lo que veía a mis pies era absolutamente azul; la otra mitad era
verde, con algunos tejados y fachadas que asomaban entre los miles de pinos. Un
cielo de un celeste impecable resaltaba el verde de los pinares, y los dos
colores, los dos mundos de tierra y mar, se unían allá abajo por una
kilométrica cremallera de arena y olas blancas sin fin que yo no había visto en
ninguna otra playa.
Aquel paisaje de luz de dimensiones colosales, de vida y de
paz, se quedó grabado para siempre en la retina de una niña que con nueve años
no tenía vocabulario suficiente para poder explicar lo que estaba viviendo.
Esa fue la primera de muchas visitas y estancias que
tuvimos la suerte de disfrutar mi familia y yo durante varios años más. No
tardé en descubrir desde allí los atardeceres, las tormentas sobre el mar, las
procesiones nocturnas de enormes barcos entrando y saliendo del puerto de
Huelva... Contemplar desde lo alto de La Torre cualquier día de otoño,
invierno o primavera, en la mañana o al anochecer, era un auténtico regalo para
los sentidos.
Y con todo, lo que recuerdo con más nostalgia es la luz del
faro del Picacho haciéndonos compañía hasta el alba. Aquellas ráfagas algo
lejanas, barriendo el ancho de la ventana con una cadencia matemática, me
hacían sentir segura y protegida, y yo me dormía tranquila, porque el faro
quedaba vigilante y no se iba a apagar.
En las noches más oscuras de invierno el silencio del
entorno subía el volumen, Mazagón parecía aún más solitario, y la imaginación
infantil me llevaba a inventar que la pequeña casa con forma de torre era un
navío más en medio de aquellas aguas que no se veían, solo se oían, y que los
marineros de algún barco cercano me acunaban con sus salomas mientras el faro
del Picacho hacía las veces de candil.
Varias décadas después, y ya desde una adultez metida en
vena, me sigo asombrando de cómo una humilde y minúscula construcción colocada
sobre un promontorio junto al mar me hizo sentir tan afortunada como posiblemente
no lo hubiera logrado la más fastuosa de las mansiones. La auténtica naturaleza
de lo extraordinario es así.
La Torre sigue estando en un sitio privilegiado, y yo sigo
añorando aquel faro y aquel mar.
Sonia Serna San Miguel
Segovia, junio de 2024
Ilustración de Abel Jiménez Serna @abeljsart
martes, 20 de junio de 2023
LA CASA DEL VIGÍA (RELATO)
La Casa del Vigía
Hoy ha amanecido Mazagón enredado en niebla, y cada vez que esto ocurre vuelvo a recordar al viejo marinero que conocí en una tarde también neblinosa.
Eso fue hace muchos años, en un domingo de invierno. Había sido un día tranquilo, y quise terminarlo paseando hasta la Casa del Vigía. Justo antes de llegar, una niebla intensa acabó con la poca luz que le quedaba al cielo, y como la humedad empezaba a calar, decidí dar media vuelta y entrar en uno de los bares que aún seguían abiertos en el centro de Mazagón.
En el interior había un grupo de
clientes habituales. Estaban en una esquina de la barra charlando con el
camarero sobre lo desapacible del clima y la oscuridad que habían traído las
nubes. Me hicieron partícipe de la conversación en cuanto me vieron entrar
frotándome las manos de frío. Les comenté que la niebla me había sorprendido de
camino a la Casa del Vigía.
— ¿A
la Casa del Vigía? Perdone que me inmiscuya, señorita, pero… ¿Ha llegado hasta
allí? ¿La ha visto? — preguntó una voz desde el otro extremo del local.
Estas
palabras hicieron que todos nos giráramos hacia la mesita que estaba junto a
las ventanas. Desde ese rincón me miraba absorto un señor en el que yo no había
reparado hasta ese momento. El tipo, que estaba solo, parecía sacado de uno de
esos libros de navegantes intrépidos de hace dos siglos. Era corpulento, tenía
barba y bigote muy cuidados, y su ropa era elegante, aunque pasada de moda.
Sobre su mesa se enfriaba una taza de café negro, y junto a la taza había un
libro antiguo y amarillento, con el lomo deshilachado. El tono de voz del
hombre, muy educado, denotaba cierta intriga y desazón.
— ¿La
ha visto? — me volvió a preguntar abriendo unos enormes ojos azules
que habían estado escondidos en su rostro ajado.
Comencé
a explicarle que no había llegado a ver la Casa del Vigía porque la niebla
apareció de repente, y que decidí darme la vuelta, pero antes de acabar mi
respuesta me interrumpió para pedirme, con mucha amabilidad, que me sentara a
su mesa. Al notar mi perplejidad me lo volvió a pedir, esta vez poniéndose de
pie e invitándome con su mano a ocupar una silla junto a la suya.
— Por
favor, señorita… — me suplicó, también con su mirada. Me sentí comprometida
y sin escapatoria, pero parecía significar tanto para él, que accedí.
Agradeció
mi gesto cogiendo con delicadeza mi mano entre las suyas, y se presentó.
— Me
llamo Zenón. Siempre fui marinero. He navegado por todos los mares del mundo y,
a pesar de no ser de por aquí, conozco palmo a palmo toda la costa
onubense.
Hizo
una breve pausa y volvió a preguntarme si había llegado a ver el edificio, si
había visto al menos la silueta de la terraza acristalada, y si allí había
vislumbrado algo o a alguien.
— Es
muy importante para mí — dijo lentamente y con tristeza.
De
nuevo le contesté que no, que me di la vuelta unos metros antes de llegar
porque no iba a poder fotografiar el atardecer, como hago otras veces, y porque
empezó a hacer frío.
— Qué
lástima. Es que sólo se asoma cuando hay niebla, y hace tiempo que yo no consigo
verla. Yo también vengo de allí. Y tampoco la he visto. Verá… Hace
muchísimos años, cuando yo era marinero y nuestro barco entraba por este canal,
la Casa del Vigía era mi referente emocional, porque me recordaba a la casona
en la que me crié. Divisarla era para mí un aliciente, un alivio para el
cansancio y la soledad. En un viaje de aquellos, cerca ya de esta costa, nos
sumergimos de pronto en una bruma espesa, como la de hoy. Aun así, por
superstición, por ritual, no sé por qué, me empeñé en no perder de vista
el edificio. Y de repente la vi. Apareció en el ventanal acristalado de la
esquina, mirando mar adentro.
En
ese momento el señor Zenón cogió el libro viejo que tenía sobre la mesa y lo
abrió por las hojas que tenía marcadas con un trozo de lazo negro. La página de
la derecha la ocupaba por entero la ilustración de una mujer joven, preciosa,
con un vestido oscuro y adornos de azabache; sus cabellos eran muy rubios,
recogidos con un lazo también negro, como el que marcaba las páginas del libro.
La joven tenía la mano izquierda apoyada en el alféizar de una ventana y la
mirada perdida a través de su cristal.
— Vi
a esta mujer. Aquel día y varias veces más, y siempre a través de la bruma,
nunca a plena luz — me decía mientras señalaba con su dedo el rostro de
aquella joven. Por lo visto, el libro narraba la triste historia de una mujer,
la del dibujo, que se quedó en tierra esperando a un prometido que nunca
volvió.
— Yo tampoco volví, ¿sabe
usted? Todo me parecía poco en aquellos años. Mi casa, mi vida, ella...Y me
fui. Me iba a comer el mundo, pero... — susurró mirando a través de la
ventana, y en un tono tan apagado que apenas entendí el final de la frase. Le
llevó unos segundos salir de su ensimismamiento, y después retomó su narración.
— La dama que se asoma a
las cristaleras de la Casa del Vigía los días de niebla, es esta, es esta, lo
juro, lo sé… — prosiguió mientras volvía a señalar con el
dedo la imagen del libro.
Prosiguió con varios detalles más, haciendo hincapié en las coincidencias entre su vida y la historia que narraba la novela. Su relato era fascinante, cautivador, y nada me hubiera gustado más que creer que todo aquello era cierto, pero no fue así. Sin embargo, el señor Zenón se expresaba con tanta lucidez (lucidez aparente, al menos), que decidí alargar algo más la conversación y los cafés. Cuando la sobremesa se agotó, le deseé suerte y ánimo con sus sueños y esperanzas. Se despidió agradeciendo mi atención y deseándome fe. Salud y fe, me dijo. Puso entre mis manos el lazo negro del libro, me obligó a aceptarlo, y se fue.
No
puedo describir lo que sentí mientras veía al viejo salir del bar. Lo que
empezó siendo un encuentro extraño y surrealista acabó por ser un capítulo
inolvidable y enternecedor.
Esto ocurrió hace al menos veinte
años. Nunca volví a ver al marinero Zenón ni encontré a nadie que lo hubiera
conocido. A la hermosa dama que supuestamente se deja ver en la Casa del Vigía
en los días de mucha niebla yo la llamo, cómo no, Penélope.
Como dije al principio de este texto, hoy también amaneció Mazagón con una espesa niebla. Dad por hecho que iré a la Casa del Vigía. Quién sabe si dentro de muchos años no sea yo quien cuente desde la esquina de un café que un día vi a una tal Penélope asomada al ventanal. O quizás cuente que Penélope era yo.
lunes, 3 de octubre de 2022
ARCADIA (RELATO)
En el zaguán de su casa pone la señora Arcadia una silla de enea, deja abierta la puerta que da a la calle y se sienta a ver la vida pasar. Las tardes son cálidas y la gente se anima a pasear. Como ella conoce a casi todos los que suben y bajan por su acera, no le faltan saludos y conversaciones.
-A mí esto me vale de mucho, ¿no sabes, hija? Esto me da la vida. El caso es
que yo tengo mucha familia, pero vienen cuando pueden, tienen sus vidas, claro,
yo lo comprendo…
En realidad no lo comprende, pero lo acepta, y deja colgadas sus frases
mientras pierde su mirada, la que un día fue verde, en el zócalo algo
desconchado del recibidor.
Arcadia tiene una memoria envidiable y una conversación ágil y amena, así
que oír cómo hilvana recuerdos es un auténtico privilegio y un placer. Me
cuenta que va a cumplir noventa años, que lleva viuda sesenta y tres y que ha
criado a cinco hijos. Al ver que yo iba abriendo los ojos según mi mente hacía
cálculos ha empezado a sonreír. Con su voz dulce me ha explicado que se casó a
los dieciocho años con un señor de treinta y tres, un amigo de sus padres que
quedó viudo con cinco críos.
-Bueno, me casé... Ya te imaginas. Me casaron mis
padres, porque Juan, mi marido, era de una familia conocida del barrio y tenían
cuatro perrillas, y en casa yo era una boca más a alimentar. A mí me acababa de
dejar un novio que tenía, porque lo casaron con una chica de familia bien,
así que era una forma de arreglar todos los descosidos. No me mires con pena,
bonita, ya sabes que antes era así, y yo me hacía cargo de la situación. Juan
era un buen hombre y yo una buena chica. Mis padres tan aliviados y todos en
paz. Cuando yo tenía veintisiete años él falleció. Yo seguí criando a mis cinco
hijos, porque para mí son mis hijos, aunque no llevan mi apellido, claro,
llevan el de su madre. Me puse a trabajar en todas las casas que me salían. No
sé cómo lo hice, pero los saqué adelante. Les ha ido muy bien a los cinco,
gracias a Dios. Ya son muy mayores, alguno casi como yo, claro, pero viajan y disfrutan, y yo tan feliz de
verlos así. Y ya está, bonita, no tengo mucho más que contar. Sí que me hubiera
gustado aprender a conducir. ¡Ay, si yo hubiera tenido esa libertad! Habría
conducido sin parar hasta el mar. Porque no conozco el mar. Mis hijos y mis
nietos, por unas cosas o por otras, nunca me han podido llevar, y yo lo
entiendo. Pero me traen revistas de otros países y novelas de aventuras, saben
que me gusta leer. Mira cuántas tengo, me las dejan ahí...
Y Arcadia termina el resumen de su vida dejándome
hundida en su conformidad, en su heroicidad invisible, en sus anhelos segados
de raíz. Me he quedado tan callada que me he avergonzado de no encontrar una
respuesta a la altura de lo que ella necesitaba oír.
Como si me hubiera leído el pensamiento, me ha cogido la mano y me ha dicho:
"Tranquila, he sido más o menos feliz, tengo la conciencia en paz. Solo te
lo he contado porque creo que te gusta escuchar. Oye, si te apetece café de
puchero, está recién hecho en la cocina. Si no tienes prisa, nos tomamos uno
aquí mismo, y mañana Dios dirá. ¿Te parece?".
En su zaguán hemos acoplado otra silla para mí y juntas nos hemos tomado un
café lentísimo al ritmo del atardecer. Con la taza entre las manos me he estado
preguntando cuántos cafés habrá hecho esta buena mujer a lo largo de su vida,
cuántos platos habrá fregado una y otra vez, cuántos cabellos habrá peinado,
cuántos guisos habrá cocinado, cuántas heridas habrá curado, un año, y otro, y
otro más. Me pregunto cómo se premia tanta abnegación. También quisiera saber si
alguna vez alguien le pidió perdón.
Y mientras yo me imaginaba a una Arcadia jovencilla soñando con ver el mar,
un anciano se ha parado a saludar y a entregarle un ramito de hierbabuena que,
por lo visto, le trae a menudo de su huerto. Me ha parecido que se conocen
desde siempre, que se tienen mucho cariño y que en un ramito de hierbabuena caben
muchas frases que no se llegan a decir. Se despiden con un mutuo “Cuídate mucho”,
y el señor se va.
-No creas que él ha sido mucho más feliz que yo-, me dice Arcadia señalando al anciano que se aleja y mirándome de reojo con un gesto de picardía. Como he tardado un poco en atar cabos, se me ha adelantado en la conversación:
-Sí, es él. También enviudó hace unos años. No tuvieron hijos, así que anda bastante solo. Bueno, siempre lo estuvo. Ya ves, unos me traen revistas y el otro hierbabuena. Pero no están. Tú me estás regalando tu tiempo y te estás tomando mi café. Estas cosas son la vida, la de verdad. Si vuelves otra tarde, me cuentas cosas tú a mí, que también me gusta escuchar.
Le he prometido volver y me he ido pensado en qué le voy a contar que no
parezca una frivolidad al lado de sus noventa años de historia. Y qué historia.
Pero supongo que eso en el fondo le da igual, que cualquier anécdota contada y
escuchada con un poco de pasión es una gran aventura para quienes comparten sin
prisas un café en un zaguán.
Sonia Serna San Miguel
Ilustración de Abel Jiménez Serna
(Segovia, junio de 2022)
viernes, 29 de julio de 2022
EL DUENDE DE ALCOR
EL DUENDE DE ALCOR
"Recuerdo aquel primer encuentro como si hubiera
sido ayer, pero lo cierto es que ocurrió en los años setenta.
Era otoño y pasábamos el fin de semana en
Mazagón, en la parte de Alcor que por aquel entonces aún lindaba directamente
con el pinar. Mi hermano, algunos amigos y yo solíamos salir, como niños que
éramos, a corretear por los alrededores, y siempre volvíamos a casa con algunas
piñas secas, las que nos cabían en las manos, para quedarnos luego por la noche
absortos en la chimenea viéndolas arder. Oír esos chisporroteos del fuego
mientras toda la casa olía a eucalipto era un final redondo para esos días de
absoluta sencillez y libertad.
Aquella tarde de octubre y con la merienda en las
manos volvimos a salir por entre los pinos, buscando uno en concreto que estaba
medio caído, casi horizontal, y desde el que se veía perfectamente el mar.
Anduvimos jugando alrededor de aquel árbol hasta que el sol empezó a no
calentar. Era hora de volver a casa, pero el encanto del lugar nos retuvo
en el tronco sobre el que sentados mirábamos toda aquella inmensidad azul y
verde. No había ninguna prisa por hacer otra cosa que no fuera estar ahí
sentados, instalados en esa paz de colores y olores naturales y sin echar de
menos nada más. Podría haber otros sitios en el mundo tan reconfortantes como
este, pero no parecía probable.
Y, de repente, dejé de oír. En mi cabeza se
hizo el silencio más absoluto. Algo había cambiado a mi alrededor, como si le
hubieran hecho el vacío a mi realidad. Hasta la brisa desapareció, también la
noción del tiempo y el canto de los pájaros, y una serenidad absoluta me
inundó.
¿Qué acababa de ocurrir? Giré mi cabeza hacia los
que estaban sentados en el tronco, a mi izquierda, y ahí seguían, como si nada.
Era evidente que no notaban lo mismo que yo, así que volví a mirar lentamente a
mi alrededor, al frente y luego hacia mi derecha.
Y ahí lo vi. Sentado a mi lado y mirándome. Lo
que unos minutos antes era un matojo de ramas largas y secas se había
transformado en una figura antropomorfa, menuda, frágil y adorable, de un
amarillo dorado, casi artificial. No era una persona, pero yo distinguí un
cuerpo. No tenía cara, pero me miraba. No tenía boca, pero me sonreía. Esa
pequeña criatura, o lo que fuera, no solo no me asustó, sino que me transmitió
confianza y paz, una paz blanca y profunda.
No sé cuánto duró este momento. Pudieron ser
cinco minutos o tres segundos.
Cuando pude reaccionar me volví hacia los demás
para señalarles a la criatura, pero al girarme de nuevo hacia el duendecillo
amarillo ya no había nada, solo el primitivo matorral de ramitas secas. Al
instante se restablecieron los cantos de los pájaros, las conversaciones de mis
amigos, el bramido lejano de las olas y los aromas que traía la brisa, y justo
en ese momento se acabó de poner el sol.
Como era evidente que nadie más había
experimentado lo mismo que yo, opté por callarme. También en mi casa callé. Me
vi a mí misma, una niña de nueve años, intentando narrar semejante experiencia,
jurando que no me lo inventaba, mientras los demás me tomaban por embustera o
fantasiosa, de modo que nunca conté nada. Pero sabía que no lo soñé.
Hubieron de pasar diez años más hasta volverlo a
ver.
En esta ocasión era verano y de nuevo estábamos
disfrutando de las vacaciones en Mazagón, en Alcor. Empezaba la sobremesa de un
día muy nublado de julio, y como no era día de playa me subí al piso de arriba y
me acomodé junto al ventanal. Desde aquella habitación se veían los cuatro o
cinco chalets algo antiguos del otro lado de la calle y, a lo lejos, por encima
de pinos y tejados, se observaba con nitidez una buena franja de mar.
Aquel día las aguas estaban bravas, grises, muy
grises, tanto como las nubes, y cada vez más alborotadas por el romper de las
olas. Los olores a pino y a tierra mojada se colaban por la ventana y se
mezclaban con el aroma de café que aún volaba por la casa. Las nubes prometían
rayos y truenos, algo maravilloso para los que adoramos las tormentas, así que
me instalé encantada entre el tiovivo de fragancias, la novela que tenía a
medio leer y la música de U2 que en esa época sonaba en bucle en mi
radiocasete. La tarde prometía magia, así que solo quedaba disfrutar de aquel recogimiento
hogareño y de aquella panorámica privilegiada.
Los primeros relámpagos aparecieron por la zona
del espigón, y en seguida comenzó a tronar. La tormenta ya estaba aquí. El mar se
convirtió en un hervidero de olas rotas flotando en un color ceniza, el cielo se
vistió de gris marengo y los rayos castigaban con latigazos blancos a un
Mazagón otoñal en pleno mes de julio. Yo estaba tan absorta como feliz. No
podía hacer nada mejor que disfrutar del milagro de lo natural, una vez más.
Y fue en esta tormenta perfecta donde lo volví a
ver.
Uno de aquellos relámpagos se paralizó entre las
nubes, sus brazos de líneas torcidas se movieron hasta imitar una figurilla
humana, blanca esta vez, y como ya ocurriera años atrás en el pinar su aparición
detuvo el reloj y el curso de mi mundo.
¿Acaso estaba volviendo a pasar? Bajé la mirada unos segundos para asegurarme
de no estar perdiendo la cabeza, y al levantarla el trocito de rayo se había
acercado hasta mi ventana, a unos centímetros de mi nariz, justo al otro lado
del cristal. Volvió a sonreírme con la boca que no tenía y a acariciarme con la
mirada que le faltaba. No había miedo, ni dolor. No sobraba ni faltaba nada ni
nadie. Yo únicamente sentía una paz sobrenatural y la certeza de estar en un
entorno y en un tiempo privilegiados.
Pestañeé para enfocar mejor mi mirada y, simplemente, desapareció.
Tampoco esa noche conté nada a nadie, y nunca hasta ahora había sentido esa necesidad.
De esto hace muchos años, y esa fue la última vez. No sé por qué lo vi solo en aquellas dos ocasiones ni por qué no lo he visto en ningún otro lugar, pero me seduce más alimentar el misterio y la duda. Me es más reconfortante creer que realmente hay un duende en Alcor, posiblemente en todo Mazagón, que se deja ver para recordarnos la importancia de pararse a contemplar. Quizás yo lo necesitaba para fijar en mi memoria el valor impagable de aquellos momentos, el de ciertas personas y el de aquel lugar, y llevarlos siempre conmigo como quien lleva una tabla infalible de salvación.
Si es así, que
sepa el duende que funcionó."
Sonia Serna San Miguel
(Segovia, junio de 2022)