miércoles, 5 de agosto de 2026

ALCOR Y LAS ESTRELLAS (ARTÍCULO)

 





ALCOR Y LAS ESTRELLAS

 

Según la Real Academia Española (RAE), un alcor es una colina o un collado, es decir, una pequeña elevación del terreno.

Alcor, además, es el nombre de una estrella ubicada en la constelación de la Osa Mayor, donde forma una "pareja visual" con otra estrella más brillante llamada Mizar. Ambas, Alcor y Mizar, están situadas justo en el centro de la cola o mango del famoso carro estelar, y se encuentran tan cerca la una de la otra, que son difíciles de distinguir a simple vista. De hecho, se dice que en la antigüedad los ejércitos árabes y persas utilizaban este par de estrellas para seleccionar a sus arqueros; si un recluta podía ver a Alcor, la más pequeña y tenue, significaba que tenía la vista necesaria para el combate.

Aunque parece cierto que el nombre “Alcor” tiene su origen en el término árabe hispánico alqúll, que a su vez deriva del latín collis (colina), su etimología exacta es a menudo cuestionada. Entre todas las interpretaciones históricas y etimológicas de esta palabra, las más sorprendentes se encuentran en la mitología de diversas culturas.

Así, una leyenda árabe cuenta que Alcor es un niño pequeño asistiendo al funeral de un gran guerrero, y llevado en brazos por su madre o padre, que es Mizar.

En la mitología hindú, a Alcor se la conoce como Arundhati, la esposa del sabio Vashistha (Mizar). Lo cierto es que en las bodas tradicionales de la India se muestra esta pareja de estrellas a los recién casados como símbolo de armonía conyugal y felicidad.

Entre los nativos americanos se cuenta otra leyenda en la que Alcor representa una pequeña olla de cocina llevada a lomos de un pájaro cazador. Esta interpretación forma parte de uno de los mitos astronómicos más ricos en tramas y personajes fantásticos.

Estas apasionantes leyendas son solo una muestra de los muchos mitos que existen sobre la estrella Alcor y el origen etimológico de su nombre.

«De estas curiosidades saqué el nombre de “Alcor” y así denominé a la pequeña urbanización que estaba empezando a construir», comenta el fundador de la urbanización, el segoviano Mariano Santos Redondo, en su libro Origen y proceso de la Urbanización Alcor.

Y esta última es la verdadera razón por la que nuestra urbanización se llama Alcor.

Esto lo sé ahora, pero cuando yo paseaba por Alcor durante mi infancia y adolescencia, no tenía la menor idea del origen o significado del topónimo que daba nombre a mi sitio favorito. Para mí, Alcor era la zona de Mazagón en la que mi familia y yo pasábamos los fines de semana y parte de las vacaciones.

En aquella época, años setenta y ochenta, Alcor era una barriada pequeñita, blanca y muy tranquila, incluso en verano, con cientos de pinos que la adornaban, la cercaban y la envolvían en un aroma fresco y mentolado, inconfundible. Pasear por sus calles, prácticamente sin asfaltar, era un lujo del que incluso los niños éramos conscientes.

El auténtico paraíso, al menos tal y como yo lo viví, llegaba con el otoño, cuando los días de sol aún eran largos y el calor resistía. Se instalaban entonces una soledad y una quietud maravillosas. Los pinos parecían más verdes, las calles más anchas y el mar más cercano. Cuando el bullicio del verano se apagaba, afloraba la esencia del lugar, algo así como lo que queda cuando uno se quita un disfraz. Entonces, Alcor parecía más nuestro, seguramente por la sensación de hacernos una mutua y fiel compañía durante todo el año.

Lo cierto es que íbamos siempre que podíamos, aunque solo fuera durante un par de horas libres en una tarde cualquiera. Una escapada desde Moguer a Mazagón era una fiesta, un regalo que nos hacíamos porque sí. Si el clima lo permitía, que era lo habitual, no hacía falta planear nada en concreto, porque la rutina sencilla que teníamos era exactamente la que nos gustaba tener.

Por lazos emocionales de mis padres, era obligado comer en el restaurante El Choco cada cierto tiempo. Si comíamos en casa, el café se tomaba en el bar París, donde siempre había un surtido de tartas difícil de ignorar. Café para padre y madre, y tarta para mi hermano y para mí. Sobremesas lentas, sin prisas. Quién tiene prisa cuando uno se siente en el paraíso.

Con toda la tarde por delante, y ya en Alcor, los pies se encaminaban solos hacia el pinar, hasta encontrar la antigua carretera del Parador, o bien hacia la playa, bajando por la cuesta de Leonor, y en uno u otro escenario paseábamos las raciones de choco frito o de coquinas, la tarta y el café.

Si el clima no acompañaba, quedarse en casa viendo el otoño por la ventana también era un buen plan. Bajábamos entonces hasta la tienda de Leonor y comprábamos lo necesario para pasar las horas. Pan, leche, fiambre, golosinas… siempre nos salvaba la tienda de Leonor. Qué servicio tan útil nos prestó durante aquellos años, sobre todo en los inviernos solitarios de la urbanización, y con qué amabilidad y disposición nos atendían ella y su familia. He tenido que averiguar cómo se llama realmente esa calle, porque en mi memoria no tiene ni merece otro nombre que el de Cuesta de Leonor.

Alcor también era para mí el bocadillo de mortadela en pan de telera que me iba merendando mientras daba un paseo sin prisas por el vecino Picacho; o las tardes que pasábamos absortos en el chisporroteo de las piñas en la chimenea. Alcor era pasarse las tardes de invierno intentando sintonizar los canales portugueses de televisión, mientras alguna tormenta los borraba de la pantalla; o entretenerse en contar la cadencia del faro en las noches más oscuras, aquellas en las que los barcos se unían a nuestra vigilia con sus luces mortecinas.

Todo esto fue siempre mi definición de Alcor.

Ahora ya sé, además, que es una colina desde donde se ven las estrellas de la Osa Mayor, y que una de estas estrellas se llama Alcor.

¿Puede estar mejor elegido el nombre?




Sonia Serna San Miguel

(Primavera de 2026, Otero de Herreros)

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