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viernes, 26 de junio de 2020

LOS NOMBRES DE LAS ROSAS

LOS NOMBRES DE LAS ROSAS



Es la década de los setenta. Soy pequeña, tengo unos siete años y estoy con mis padres y mi hermano en el mercadillo del pueblo. El cielo está tristón y la compra casi terminada, así que salimos de entre los puestos en busca de nuestro coche. Apenas hemos empezado a subir una cuesta mi padre le dice a mi madre que espere, que le han dicho que allí... que quiere que vayamos a ver si... que no tardamos nada. 

Nos desviamos hacia la derecha y nos paramos delante de una especie de nave o garaje sin acabar, o acabado pero abandonado, creo que sin puertas, con el interior oscuro y las paredes de ladrillo visto. Mis padres entran despacio, con mucha prudencia. 

-Buenos días ¿Dan su permiso?

-Pase, caballero, pase usted-, responde educado un señor que se levanta no sé de dónde, porque juraría que no hay ni sillas en el local. El señor es muy delgado, creo que le falta un ojo (cuando crezca aprenderé que a eso se le llama estar tuerto), y lleva puesta una gabardina que salta a la vista que no es suya. Conserva la mirada de su cuenca vacía, y es tristísima, al igual que la de su otro ojo. Se nota que no tiene buena salud y que no es tan mayor como aparenta.
Tras este señor se levanta una mujer, también joven, aunque ajada, y tras la mujer aparecen varios pares de miradas más, infantiles, tiernas y curiosas. Todos van peinados y vestidos con una decencia y dignidad innatas, a pesar de llevar ropas pasadas de moda y tallas que no se corresponden con sus cuerpecitos; a uno le queda muy largo el pantalón, a otro se le están despegando las coderas del suéter...
Comprendo que es una familia con varios hijos, al menos cinco, y me quedo mirando a la que parece ser la mayor; debe de tener algún año más que yo, es monísima y no me pega con esas paredes inhóspitas y oscuras que la esconden de la vida.


No puedo evitar oír la conversación que tiene esta pareja con mis padres y, aunque soy pequeña, entiendo lo que ocurre, sobre todo cuando veo que el hombrecillo de la gabardina se echa a llorar, escondiendo a ratos su cara enjuta entre sus manos. 
No tienen nada, han perdido todo en una mala racha, están lejos de su tierra y de momento viven, sobreviven, en este garaje. Sé que están abochornados, les da vergüenza llorar delante de sus hijos, no poder mantenerlos, tener que pedir ayuda. Soy pequeña pero esto lo comprendo porque el sufrimiento es evidente.
El señor se disculpa por estar enfermo, "Si yo no hubiera caído enfermo...", y esto hace que mis padres se desmoronen del todo.


Mi padre nos manda esperar en la calle a mi hermano y a mí, pero la nave tiene eco y la calle silencio, y se oye todo. Mi padre le está diciendo a ese señor que hablará con no sé quién, que lo comentará no sé dónde, y que mientras tanto quiere que acepten la poca ayuda que lleva encima. Mi padre le da dinero, el mismo que hace un rato me había negado tener cuando mi hermano y yo le hemos pedido unas chucherías en el mercadillo. Entiendo que ya lo traía apartado desde casa, y le dice al señor que siente no tener más y que hasta pronto. El hombre de la gabardina lo acepta con mucha vergüenza, se seca las lágrimas con una mano y con la otra se despide de mis padres como puede y sin perder la educación.
Cuando nos vamos de aquel infierno con ángeles los niños de la familia salen a decirnos adiós con la mano y nos tiran besos. No tienen nada y nos tiran besos. Me siento culpable, como cuando me hacen un regalo que sé que no merezco pero que acepto sin rechistar.


Al llegar a casa, después de un viaje en absoluto silencio y desconsuelo, y mientras mi madre guarda la compra en la cocina, mi padre coge unas bolsas y las llena con prendas que va sacando de los armarios. En casa hay poca ropa y pocos caprichos, pero aún así mi padre recada cosas aquí y allá, también comida y productos del baño. De mi ropero coge el jersey azul con cenefas blancas, mi favorito, y lo mete en una bolsa. Mi padre me mira y, antes de oír mi queja, me dice "Mamá te puede hacer otro igual". Y es verdad. Me lo había hecho mi madre, como casi todos los que tenemos. Mi madre teje y cose por las tardes, le gusta y se le da muy bien, así que decido aceptar la pérdida porque, además, estoy entendiendo todo.
Efectivamente, mi padre sale de casa con varias bolsas, oigo cómo arranca el coche y se va.


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-Bueno, pues ya está por hoy. ¿Has notado alguna molestia? Muy bien, ya puedes enjuagarte, y ahora te damos cita para el próximo día-.

Estas frases me resucitan y vuelvo al presente, al de mi adultez, a las cuadrículas blancas que adornan el falso techo de la consulta y a la lámpara que me ha estado enfocando esta tarde como si yo fuera un espécimen a analizar.


Resulta que estoy en el dentista. Debo de llevar aquí una hora y media y, por alguna extraña asociación de ideas, he viajado desde el ruido del taladro en mi boca hasta aquella pobre familia que un día conocimos hace ya cuarenta y tantos años. Si lo que mi mente pretendía era zafarse del miedo al dentista, a fe que lo ha conseguido.
Salgo de la clínica como quien sale de su niñez, con la sensación de haber perdido todos mis juguetes. Tengo grabada la imagen de aquel señor tuerto y enfermo, aquel padre de familia perdido dentro de su gabardina y de su vida. Doy por sentado que él y su mujer eran mucho más jóvenes de lo que yo soy ahora y me alivia creer (me obligo a que me alivie, necesito creer) que aquella juventud les habrá concedido, quizás, ojalá, un futuro largo y un destino a su altura.

Ningún padre debería verse en la desesperación de no poder alimentar a sus hijos, y ningún hijo debería ver llorar a sus padres por ese motivo. 
Sigo admirando la educación y los modales que brillaban en la oscuridad de aquella nave, esa decencia que no entiende de clases sociales, y me reafirmo en que no hay mayor pobreza que la espiritual, porque es la que no tiene remedio.


Nunca olvidé aquel episodio, aunque no sé si lo he llegado a contar alguna vez. 
De camino a mi casa, con la memoria en carne viva y media boca anestesiada, me pregunto qué habrá sido de ellos, quiénes eran realmente, de dónde provenían y qué o quién les falló. 
De camino a mi casa, como el novicio Adso de Melk en la película, me pregunto cuál sería el nombre de la rosa, el de aquella niña tan mona que podría haber sido mi amiga, el nombre de sus padres, el nombre de todos ellos."




Sonia Serna San Miguel

(Segovia, junio de 2020)






lunes, 30 de marzo de 2020

DESDE MI LADO DE LA CUARENTENA






DESDE MI LADO DE LA CUARENTENA

Van ya nueve días de observar, cotillear y mirar, a veces viendo, a veces sin ver, la parte de paisaje que me ha tocado en suerte desde este lado de la cuarentena.
A falta de jardín, corral o terraza, alargo mi cuello todo lo que puedo desde las ventanas, supongo que en un intento inconsciente de volar.


Y a fuerza de mirar me he llevado sorpresas extraordinarias, como la del balcón del portal de al lado. Resulta que tiene tiestos y flores. Nunca había reparado siquiera en que esa vivienda tuviera balcón. Ahora es lo primero que miro al abrir la ventana cada mañana.
También he descubierto que aquellos puntos alargados y oscuros que veo en las laderas del valle del Eresma son pequeñas cuevas. He tenido que hacer fotos para descubrirlo. Pero ¿cómo es que no lo he sabido antes, si las tengo enfrente?
Otra sorpresa ha sido comprobar que ya no se asoma a su terraza la señora del tercero, la que tan amable me saludaba desde su vejez (y desde su soledad, me temo), y que echaba miguitas de pan a las palomas. Miro y miro su terraza, por si un milagro, pero...
Mañana volveré a mirar.

He vuelto a comprobar, en fin, en esta colección de días extraños y desordenados, que no hay dos cielos iguales, que donde ahora hay tormenta antes había sol, que las nubes de ayer ya no existen, que las palomas del campanario son libres y no lo saben, que las palomas y yo echamos de menos a la vecina de pelo canoso, que aquella ventana que amarillea en el barrio de San Lorenzo me hace compañía cada noche, y no lo sabe.
He vuelto a comprobar que en las noches más oscuras caben sueños de colores, y que por debajo de aquel arco iris se pasean los miedos en blanco y negro, sin poderlo disimular.


Sonia Serna San Miguel

(Segovia, 21 de marzo de 2020)

miércoles, 27 de noviembre de 2019

DÍA NACIONAL DEL PROFESOR. POR MIS PECAS.









DÍA NACIONAL DEL PROFESOR. POR MIS PECAS.
(Artículo de opinión)






Los que me conocéis en persona sabéis cuántas pecas hay en mi cara, ¿no es cierto? De niña se me notaban aún más, porque mi piel era blanca y joven, naturalmente. Sí, yo tengo muchísimas pecas, ya me lo recordaban a diario el espejo y mucha más gente, sobre todo a lo largo de mi infancia y adolescencia.


Quien además me conoce más íntimamente sabe que he hecho unos cuantos cambios de colegio, instituto y universidad. Mi familia y yo vivíamos en un traslado continuo, y se partía el curso y cambiaba de pueblo, ciudad o provincia en navidades, en pleno febrero o cuando tocara. Para bien o para mal, así ha sido. A los 20 años me molesté en contar estos traslados, y hasta entonces sumaban 18.

Cuando alguien ahora me pregunta que si mi profesor o profesora de tal o cual curso era bueno o malo, sólo en algunos casos puedo responder, no porque no los recuerde, sino porque he tenido tantos y tan dispares que mi respuesta sería una pesadez.

Sin embargo, nunca olvidaré el nombre y los dos apellidos de un profesor que tuve en cierta ocasión, en cierto centro educativo. Coincidió con la época en la que mis pecas (y aquí vienen a cuento las pecas) parecían molestar u ofender a algunos chicos y chicas del lugar, porque me perseguían en manada insultándome un día sí y otro también hasta que llegaba a mi casa desde clase, o cuando me veían sola por la calle, saliendo al anochecido de entre las callejuelas mientras me tiraban piedrecitas y me cantaban un estribillo insultante que recuerdo perfectamente.  Aquello era pavor, en mayúsculas, sin paliativos.

Debo decir dos cosas en defensa de estos chicos y chicas: la primera es que a veces no me tiraban piedras, tenían ese detalle; la segunda, y esto lo digo de corazón, es que sé que esas personas hace mucho tiempo que no existen, es decir, supongo que los adultos en que se convirtieron no harían eso, lo doy por hecho, porque todos cambiamos, nadie somos quienes fuimos, y ahora no volveríamos a cometer tantos errores como cometimos. Los niños son niños. Siempre. 

Bien. Estando un día en la clase de este profesor del que recuerdo nombre y apellidos, se nos comunica una sorpresa: íbamos a ir a visitar otro centro educativo, a modo de pequeña excursión. El alborozo y los aplausos no se hicieron esperar, claro. “¡Qué bien, un día sin clase!”, “¡Hala, qué bueno!”, “¡Y habrá tías buenas!”, “¡Eh, tíos, seguro que ligamos!”…


El profesor también estaba contento y nos dejó regodearnos un rato con la buena nueva. En un momento dado uno de los chicos dijo con voz muy alta: “¡Eh, no os ilusionéis… ¿Os imagináis que lleguemos y todas las tías sean unas pecosas? Qué asco ¿no?!”.

Por supuesto que todos, y digo todos y todas, estallaron en carcajadas. Era esperable, eran chicos y era mi día a día. Lo que yo sentí no os lo voy a explicar, porque no voy a eso.
Voy a esto otro: el profesor, a quien el comentario había hecho estallar en risotadas, aplacó con sus manos el alboroto y dijo: “Hombre, esperemos que no, ya sería muy mala suerte…”, y siguió riendo, satisfecho por haber sido tan guay como sus alumnos.
Esto sí fue demoledor para mí. Era un adulto, era mi profesor, y el profesor era Dios. El aula había dejado de ser un refugio para mi batalla.

En fin, es sólo un ejemplo de cosas no buenas que he vivido con algún que otro docente que he tenido, pero no ha sido la tónica general, ni mucho menos. Por fortuna, por inmensa fortuna, también he tenido y conocido magníficos profesores.

¿Adónde quiero ir a parar con todo esto? A lo verdaderamente importante para mí: a que la docencia me parece la profesión más bella que existe.
Un profesor, un maestro, un educador, tiene tanto poder de influencia en el alumno, puede hacer tanto, pero tanto bien a esa personita que se está formando, que tiene el milagro en sus manos, a poco que se lo proponga, y eso es impagable.

Deseo que todos los docentes sean buenas personas, que no descuiden su propia educación y que tengan sensibilidad, paciencia, vocación y buena formación para enseñar, ayudar y servir de referente a sus alumnos.


Por cierto, que aquel profesor cuyo nombre tengo la educación de no decir, debió de pasar un mal rato el día en que rellenara los boletines finales de notas, porque yo estudiaba mucho, no le di opción, y tuvo que ponerme sobresaliente en todas las asignaturas. Por mis pecas.


Sonia Serna San Miguel
27 de noviembre de 2019

martes, 13 de noviembre de 2018

A MIS HIJOS (MIS SONIADAS)

                                            






 A MIS HIJOS



""Es horrible revisar tu vida y ver que te habías resignado. Lo malo es que siempre creí que me quedaba más tiempo. Me sentía y, todavía ahora, me siento por dentro joven, como una chica que está empezando, con toda la vida por delante... pero no es así".

Estas frases pertenecen a la película "El amor tiene dos caras" (1996), y es la confesión que una madre (Lauren Bacall) le hace a su hija (Barbra Streisand, en el papel de protagonista) en el transcurso de una conversación que ambas mantienen sobre el amor y la vida.

Desde que vosotros, hijos míos, sois oficialmente adolescentes, desde que vuestros vuelos fuera del nido son cada vez más numerosos y más largos, me ronda la idea de dejaros por escrito dos o tres consejos infalibles, de esos que no existen, para evitaros sufrimientos y errores que, tristemente, no voy a poder evitar, porque equivocarse y sufrir forma parte de la esencia misma de la vida. Pero no quiero quedarme con las ganas.


Quisiera deciros, hijos míos, algo así como que siempre fui lista, astuta y decidida, y que gracias a ello puedo resumir en cuatro ideas los secretos, si no de la felicidad, sí al menos del no dolor, del no fracaso.
Pero no puedo. En absoluto. Es más, y siendo franca conmigo misma, si hace diez minutos acabo de cometer el enésimo error de mi vida, si apenas el otro día era yo quien tenía dieciocho años (sí, los tuve), si aún me sorprendo preguntándome qué quiero ser de mayor...¿Qué consejos os voy a dar, ni a vosotros ni a nadie, sobre una vida que no entiendo?

Sin embargo, acepto mi propio desafío.

Y lo primero que quiero daros, más que un consejo, es casi una orden. Prestad atención porque me interesa muchísimo que lo entendáis:

A mí no tenéis que complacerme. En nada. 
No tenéis que orientar vuestras vidas a complacerme a mí, ni a nadie, salvo a vosotros mismos, aunque esto suponga en ocasiones quedarse y sentirse solo. 
Seguro que coincidiremos, ya lo hacemos, en gustos o incluso en carácter, por supuesto, pero lo que queráis estudiar, la profesión que elijáis, las parejas que tengáis o dejéis de tener, los trenes que decidáis coger o dejar marchar, las elecciones más importantes, en definitiva... tienen que tener sentido en vuestro proyecto de vida, no en el mío o en el de cualquier otra persona. 
De mis propios sueños me encargo, o debería de haberme encargado, yo. Son cosa mía, sólo a mí me competen. No los confundáis con los vuestros. 
Fabricad vuestro propio destino, aunque esté en las antípodas del mío.
Confiad en vuestros criterios, en vuestra formación, sobre todo en la humana, en vuestros valores éticos y morales, a la hora de tomar decisiones. Yo sí confío en vosotros. Y cuando os equivoquéis, que ocurrirá, que no sea por haber tratado de complacer a personas para las que, probablemente, nunca habíais sido prioridad.

En lo segundo que quiero incidir es en la importancia de las amistades de las que os rodeéis.
Recuerdo a mi padre diciendo: "Hay que huir de las personas que te hacen perder tiempo, dinero y categoría, aunque el problema es identificarlas desde el principio".
Esto último es lo complicado, pero forma parte del aprendizaje.
Qué importantes, las amistades... 
Si frecuentáis gente vaga, acabaréis vagueando; si frecuentáis chismosos y alcahuetas, acabaréis alcahueteando; si frecuentáis personas dominantes, acabaréis dominados; si frecuentáis personas materialistas, acabaréis vacíos.
En cambio, si frecuentáis gente interesante, os haréis un bien impagable.
Que no os deslumbre la posición económica o la cuota de poder de nadie. No tienen por qué definir a la persona en términos positivos. El dinero sólo es dinero, y el poder suele ser una falacia, es más, a menudo las personas sólo tienen el poder que nosotros les concedemos. 
El valor de una persona siempre es la persona en sí misma, lo que sientes al estar junto a ella, en quién te conviertes con su compañía. 
Si alguien os menosprecia por vuestra posición social o económica, no digamos ya por cuestión de raza, sexo, ideología, aspecto personal..., recordad que el problema es de ese alguien, no vuestro. Que no os quite ni un ápice de serenidad y confianza en vosotros mismos.
En definitiva, id con personas apasionadas y apasionantes, cariñosas, educadas, buenas, íntegras y creativas, y cultivad ese tipo de amistades, no las descuidéis; son las que dan luz y merecen la pena. Y si alguna vez creéis que os han fallado, perdonad y olvidad, y cuanto antes, mejor.

Lo tercero que quiero subrayar es la importancia de saber decir "No". 
Es fundamental.
Si no queréis, si no podéis, si no os hace bien, si va contra vuestros principios... decid "No". Es mucho más importante ser íntegro y coherente con uno mismo que querer complacer siempre a los demás. Esto último es imposible y os hará desdichados.

Y como último consejo me remito al principio de esta carta. 

Haced lo que tengáis que hacer para ser felices, para construir vuestra propia historia, siempre con la honestidad y la integridad de la mano, excuso decirlo.
Bastantes zancadillas pone ya la vida, algunas insalvables, ya lo sabéis, como para que os limitéis a vosotros mismos con miedos y condicionantes irreales. Hay que atreverse, saltar, volar y transgredir. Intentad no quedaros con las ganas. No es nada fácil, pero ese es el camino.

No obstante todo lo anterior, tened en cuenta que esta retahíla de ideas no deja de ser mi experiencia más o menos sintetizada. Vosotros ya sacaréis vuestras propias conclusiones, y no tienen por qué coincidir con las mías.

Ojalá, hijos míos, en el futuro no tengáis que revisar vuestras vidas y reconocer con dolor que os habíais resignado, pudiéndolo haber evitado."



Sonia Serna San Miguel































viernes, 28 de septiembre de 2018

EL CAMPANARIO (MIS SONIADAS)






EL CAMPANARIO


"En mi barrio hay un campanario sin campana, 
mudo como una boca sin lengua, 
hueco como una cabeza sin ideas, como un pecho sin corazón,
frío como un hogar sin lumbre,
muerto como quien no sueña,
yermo como el campo sin semillas,
silencioso como una mañana de domingo, como una mañana de domingo sin campanas.
Sin campana. 
Así está este pequeño campanario,
vacío como un ojo sin mirada, 
abandonado como el amigo que no interesa, 
desnudo como las piedras que lo sostienen, 
asustado como alma a la intemperie,
triste como una cuna sin niño, desolado como un niño sin amor.
Y olvidado. 
Así me ha dicho que está, el campanario de mi barrio. 
Me lo ha dicho con la lengua que no tiene, con la campana que no le late, con la mirada azul y hueca de este día con sol.
En mi barrio hay un campanario sin campana, y me dice que se siente triste, solo, asustado, vacío y olvidado."



Sonia Serna San Miguel








lunes, 30 de julio de 2018

TU MUNDO POR MONTERA (MIS SONIADAS)












TU MUNDO POR MONTERA

(Dedicado a mi madre, enferma de Alzheimer)



"Ahora que es verano, y antes de que nos acueste el invierno, vamos a salir a pasear para que nos vean el jardín y las flores, para que nos oigan los pájaros y nos saluden las mariposas. Ahora que es verano vamos a pasear tu mundo por el mío, a caminar bajo las luces y las sombras, a explorar los desiertos que hay entre uno y otro árbol y a dejarnos querer por los rayos de sol que nos buscan entre las hojas. 
Antes había mucho ruido y luego habrá mucho silencio. Ahora es el momento.

Te he comprado una pamela para nuestras aventuras bajo el sol. Es blanca, con una cinta negra, y en cuanto te la pongas estaremos listas para volar. 
Nos pondremos tu mundo y tu pamela por montera y patearemos los caminos de este bosque, la arena de esa playa o las avenidas de aquella ciudad, lo que desees, lo que veas, lo que recuerdes, lo que te inventes, qué diferencia hay, y viajaremos a cualquier época, a cualquier lugar, con cualquier compañía, con la mejor, o con ninguna. 


Aprovecharemos el estío para respirar el aire fresco de la sierra o el salitre del mar, el olor a leña en la hoguera o el de tu bizcocho de naranja, el aroma del jabón de lavanda o el de aquel perfume de rosas. Respiraremos todo a la vez, porque el tiempo nos ha liberado y ya no hace falta elegir.
Caminaremos despacio porque ya no hay prisa, por fin no hay prisa, ya no vamos a ninguna parte, sólo a pasear.
Hemos llegado al verano, y al final del verano querremos caminar por el otoño, o no; tal vez nos inventemos otro verano o, quizá fatigadas, recojamos los árboles, la playa, los pájaros, el perfume de rosas, y nos retiremos a descansar.

Ahora vamos a pasear por julio, y luego pasearemos por agosto, y con tu silencio vital me dirás qué es eso que mascullas cuando me ves, cuando cierras los ojos, cuando sonríes. Me contarás tranquilamente, sin prisa, sin palabras, cuál es tu historia de hoy, la de ayer, la que recuerdas, la que fabulas o la que lloras, porque ahora hay tiempo para todo. Cuéntamelo sin hablar, o hablando, como prefieras, porque yo te entiendo y porque tú me entiendes, porque siempre ha sido así, porque si amas y sueñas no hace falta mucho más.

Ya al final de la tarde nos subiremos a una barcaza como la de aquella ría, ¿te acuerdas?, y a bordo de la nave, desde proa y bajo tu pamela blanca, surcaremos tus campos amarillos de Castilla para que los saludes, para que los cantes. Después se pondrá el sol, y ya será tarde para ti, para mí, para este viaje.

De momento ponte la pamela, porque nos vamos a pasear."





Sonia Serna San Miguel

(Segovia, julio de 2018)




martes, 26 de junio de 2018

PEPE Y PEPA NO SABEN (MIS SONIADAS)








PEPE Y PEPA NO SABEN


“Pepe y Pepa son pareja; una pareja de adultos, concretamente. Ambos tienen más o menos la misma edad, unos cuarenta y pico años, y también la misma estatura. Su aspecto es el de una pareja normal, corriente, muy corriente, en absoluto sofisticada, incluso algo descuidada y vulgar en algunas ocasiones.

Pepe tiene la boca torcida por culpa de una cicatriz que le atraviesa el lado derecho de la cara, pero la cicatriz no sólo no le queda mal, sino que le otorga cierto atractivo, cierto aire de bandido que cae simpático a pesar de ser bandido, pero esto Pepe no lo sabe, seguramente porque nadie se lo ha dicho, y porque las burlas e insultos que ha sufrido siempre a cuenta de la cicatriz no han alimentado precisamente su autoestima. Pepe no sabe de esta seducción varonil en su rostro, y se empeña en ocultarse tras un mechón de pelo que hace tiempo que dejó de ser mechón.
A Pepa le ocurre algo parecido, pero con su cuerpo entero. Su cara, su cabello, sus piernas, su pecho... le piden a gritos que los atienda un poquito, que los mime, que no se avergüence de ellos, que no los castigue bajo enormes prendas aburridas, pero Pepa no sabe que no es pecado quererse, ni sabe que se lo merece, porque tampoco se lo ha dicho nunca nadie.

Pepe y Pepa no son mala gente, aunque el parecer humildes no los convierte en santos, ni en lo contrario. Ellos presumen de ser honrados y trabajadores, y probablemente lo sean, pero nadie es buen juez de sí mismo, así que cabe la posibilidad de que no sea para tanto. 
Ni Pepe ni Pepa destacan por nada en especial, ni en las distancias cortas ni en las muy cortas, quizás porque no sepan que no pasaría nada por destacar de vez en cuando, aunque fuera para desafinar o disentir.



Pepe y Pepa se han encontrado en la madurez, cuando ya no esperaban milagros entre los cubatas llenos de hielo las noches de los sábados, y además se han encontrado en su mismo pueblo, quién se lo iba a decir. De haber sabido antes que acabarían apañándose el uno con el otro se habrían juntado hace años y les habría dado tiempo a tener hijos, que era el mayor deseo de Pepa, que ella recuerde, ¿o no...?, ¿o ese era el deseo de su padre...?, ya no sabría decir ella, pero de haber tenido hijos no habría llorado a solas cada vez que sus amigas le decían con muy poca delicadeza que se le estaba pasando el arroz, eso sí lo sabe. Tal vez si los padres de Pepa no hubiesen sido desde siempre tan enfermizos no habría tenido que dedicarles tantos cuidados y no se habría olvidado de sí misma como lo ha hecho. Sus enfermos padres aún viven, resulta que no estaban tan enfermos, resulta que tienen más calidad de vida que su hija, resulta que más que enfermizos eran absorbentes, tanto como egoístas, pero el caso es que Pepa ha vivido sin vida propia, aunque eso ella aún no lo ha deducido, su cerebro oxidado no sabe gestionar este tipo de emociones ni llegar a este tipo de conclusiones. O sí, y lo que no quiere es admitirlo.
Pepe, por su parte, no echa de menos tener hijos, ni no tenerlos. Ni siquiera lo ha pensado. Sí sabe que echa de menos a su madre, a la que vio por última vez diciéndole adiós, sonriente ella como siempre, a la puerta del colegio cuando él tenía seis años, y de la que no se ha podido despedir aún porque aquella misma mañana desapareció del pueblo sin dejar rastro. Nadie la ha vuelto a ver, y Pepe no quiere volver a tener que echar de menos a nadie más. Eso sí lo sabe.

Pepe y Pepa han logrado sobrellevar su desatención emocional no prestándole atención, no queriéndola reconocer. Ahora, sin embargo, dan la impresión de haber claudicado, de haber admitido el paso del tiempo, tan estéril sentimentalmente para ellos, y han decidido conformarse con un semejante, tampoco hace falta más; han renunciado a soñar con lo que saben que no está a su alcance a cambio de no seguir solos en lo que quede de camino, y es posible que hayan acertado, porque son tal para cual, un roto para un descosido, un apaño piadoso del destino.

Pepe y Pepa pasean aliviados su relación sintiéndose parte legítima, por fin, de ese inmenso grupo de personas a las que en secreto envidiaban por vivir aparente y felizmente emparejados, por llevar vidas cotidianas, previsibles y mediocres, insoportablemente mediocres en muchos casos, pero esto último aún no lo sospechan, porque no todo se ve, sobre todo lo que no se quiere ver.
Ya pasean reconfortados su tardío emparejamiento. Ya son como el resto de parejas que conocen. Ya no se sienten excluidos de su propio entorno. Ya tienen una familia política, criticable y criticada, pero familia política. Ya puede darse prisa Pepe en adecentar la caseta de la barbacoa. Ya tienen cuñados en las barbacoas, no sólo amigos. Ya hay cuñados a quienes abrasar con las excelencias de la nueva pistola de silicona, con demostraciones prácticas a diestro y siniestro incluidas, en el caso de Pepe; y ya hay cuñadas a las que aburrir con la receta perfecta de las croquetas, en el caso de Pepa. Hablan de estas cosas porque no saben que se puede hablar de otras. No saben que saben hablar de otros temas, algo que descubrirían si cambiaran de interlocutores de vez en cuando.

Pepe y Pepa ya no se van a quedar con las ganas de saber cómo será eso de vivir en pareja. Ya son tándem, dos a la par, y eso les hace sentir bien, atrevidos y valientes

-"¿Y ya para qué quieres novio, a estas alturas? Con lo a gusto que estabas ahora, con la vida resuelta... Lo has hecho al revés, hija. Y otra cosa te digo, podías haber picado un poco más alto, porque Pepe a nuestro lado..., pero claro, ya con la edad que tienes..."- le dice a Pepa su madre, que no sabe qué soporta menos, si emparentarse con Pepe o quedarse sin criada. Lo segundo, evidentemente.
-"Pues yo creo que estás a tiempo de darnos nietos, Pepa. Mira que no haber tenido hijos... ¿Por qué no quisiste a aquel Pablo? Sí que lo has hecho al revés, sí."- remata el padre de Pepa.



A pesar de estos apoyos envenenados, Pepe y Pepa tienen la sensación de cumplir al fin con lo que se esperaba de ellos. Lo que esperan ellos de sí mismos ya lo averiguarán en otro momento. En la otra vida, a este paso.




Así son Pepe y Pepa, una pareja intrascendente, y lo son porque ellos creen que lo son. 
Cada fin de semana pasean con devoción por el centro comercial, como si esa jaula gigante de silueta imprecisa contuviera todos sus sueños y pudieran alcanzarlos sólo por recorrer una y otra vez la hilera de comercios cuyos productos creen que se pueden permitir a fuerza de mirarlos y desearlos. 

-"¡Mira, Pepe, así me gustan los anillos, como esos...!"- le comenta pícara Pepa a Pepe en el escaparte de una joyería, pero ni ella sabe ser pícara ni Pepe sabe ser galán.
-"Buah, pues anda que no estorba eso en los dedos... Todo esto son sacacuartos"- ataja Pepe ante la posibilidad de que Pepa entre a preguntar precios.
-"Sí...eso sí, que a ver quién friega con eso, je, je, je..."- contesta resignada Pepa, una vez más, un escaparate más.

Pepe y Pepa pasean ataviados con ropa poco sospechosa de haber estado a la moda en los últimos diez años y, entusiasmados con su reciente apareamiento, saborean la tarde del sábado siendo ahora ellos la envidia de los demás, eso lo tienen claro, sobre todo la envidia de aquellas pobres almas que deambulan impares y solas por los establecimientos de la vida, no como ellos, que felices y emparejados, más emparejados que felices, pueden exhibirse sábado tras sábado por los modestos dominios que su perímetro social y mental les permite, que no es otro que el que ellos mismos se imponen, pero esto aún no lo saben.

-“Mira, Pepe, cómo me quedan estos vaqueros… ¿me están bien, verdad?”- le dice Pepa a su hombre en un tienda de ropa mientras se pone de espaldas a él para mostrarle lo supuestamente sexy que luce su trasero.

-“Pues sí… oyesss… ¡A ver si te vas a hacer ahora modelo y te vemos por la tele!”- grita Pepe a la puerta de los probadores mientras le guiña el ojo a la perpleja señora de al lado - “¡Te quedan de vicio, chica…!”.

No es cierto, no le quedan bien. Ni mal. Le quedan grandes, eso sí. Pepa parece un saco con esos vaqueros, y con cualesquiera otros, porque tiene la extraña habilidad de elegir siempre lo que menos le favorece, algo que consigue invariablemente. Sus años le ha costado aprender a ir tapada desde el cuello hasta los tobillos para complacer a la beata de su madre: "Hija mía, desde luego has sacado las rodillas de tu padre, las tienes no sé cómo... -le recuerda siempre su madre con cara de asco- Y los escotes también se tapan, a ver si vas a dar a entender otra cosa, que nosotros no somos así, ¿eh?"- le dice cerrando los ojos y meneando la cabeza; ojalá pudiera borrar de su memoria que fue ella la que hace cincuenta años se tuvo que casar embarazada, para vergüenza de su familia.

También el cuerpo de Pepe merece mejor trato por parte de su dueño: -"¡Niño, que vean tus tíos cómo te comes media tarta tú solo!", "¡Niño, que vean tus abuelos cuánto vino te bebes del tirón!"- le ordenaba su padre ante las visitas para tener espectáculo asegurado.
Y Pepe se lo comía y se lo bebía, y se lo sigue comiendo y bebiendo, porque son las únicas ocasiones en las que ve un minúsculo brillo de orgullo en la mirada del bestia de su padre.

Pepe acaba de enamorarse de una camiseta de rayas anchas, y además fluorescentes, y además horizontales; la camiseta es de corte estrecho y para que le entre a lo ancho tiene que elegir la talla que le llega hasta las rodillas. Pepa, seguramente cegada por las rayas, le ha dicho que le queda muy bien, lo que es un embuste de enormes proporciones, pero sus mutuas mentiras piadosas consiguen que Pepe se sienta normal y moderno, por fin, y se compre esa camiseta, aunque le haga parecer un bolardo gigante, y esas mismas mentiras consiguen que Pepa se sienta deseada y se compre los pantalones vaqueros con los que no se sabe si va o viene, tan grandes como le están.
Como quiera que ambos se sienten ahora mejor que cuando entraron por la puerta de la tienda, dan por concluido el periplo textil por sus tarjetas de crédito.

Con la autoestima varios puntos por encima de lo habitual, ya era hora, Pepe y Pepa recorren los pasillos del hipermercado a conciencia, disfrutando con entusiasmo momentos memorables, como cuando descubren el litro de leche más barato de la estantería, y lo celebran como si hubieran encontrado el Santo Grial, básicamente porque es lo más interesante que les ha ocurrido y vaya a ocurrir en todo el día, aparte de haber encontrado la camiseta y el pantalón que revolucionarán su ropero. Estar de acuerdo en que esa marca de leche, y no otra, es la mejor opción láctea en el día de hoy les hace experimentar un rogocijo desconocido para ellos, acostumbrados como están a que en sus respectivas familias les afeen cada opinión, cada decisión. No sabían ellos de este tipo de gozo sencillo, recatado, inocente. Es providencial sentirse al fin en comunión con alguien, efectivamente, aunque sólo sea a la hora de hacer la compra.
Y sin embargo hoy las dichas parecen no tener fin, porque cuando Pepe encuentra en el pasillo de ferretería la broca del ocho que tanta falta le hacía, cree morir de éxtasis, y así se lo hace saber a todos los clientes en varios metros a la redonda.

-“¡Pepa, Pepa, mira, ven! ¡Que sí que la tienen!”.

Pepe grita porque cree que tiene que gritar, porque cree que así es como tiene que cumplir con su papel de macho gracioso, grita porque a él siempre le han gritado y porque no sabe que no tiene por qué gritar.

Pepa corre solícita desde un pasillo más allá, interrumpiendo su excursión por entre las sartenes. Y Pepa estaba de excursión por entre las sartenes, aunque no necesite ninguna, porque ella cree que es donde Pepe quiere que esté, y corre solícita a los bramidos de Pepe porque teme que siga berreando, y porque prefiere contentarle ahora que aguantarle después. 
Pepe es un manazas, funde las bombillas antes de colocarlas y por cada grifo que intenta arreglar revienta dos,  pero coge emocionado la broca del ocho porque la necesita para terminar de perpetrar un andador a su anciano padre, el mismo padre que hace años, cuando Pepe era niño, le dio al crío una paliza de muerte con una barra de hierro abriéndole la cara y dejándole esa cicatriz en el rostro, amén de otras que no se ven, y todo porque pisó un rectángulo de flores y maleza que hay al fondo de una finca a la que tiene absolutamente prohibido acercarse, aunque nunca ha sabido por qué.

Pero Pepe quiere a su padre, o le teme, o le quiere complacer porque le teme, o a quien no quiere es a sí mismo, o todo a la vez, y le fabrica un andador por la misma razón por la que se ennovia con Pepa.

-“Esa Pepa, la de los beatos, tiene casa propia y algunas tierrecillas en el monte al lado de las nuestras. Nos conviene. Es fea como un demonio, pero tú tampoco puedes pedir más. Así sólo destrozáis un matrimonio”- le soltó un día su padre en el desayuno.

Pepa no es fea, Pepe lo sabe, y Pepe no necesita otra casa ni la quiere, eso también lo sabe, pero el padre de Pepe no sabe, no quiere, hablar sin herir a su hijo, y su hijo no sabe que puede no estar de acuerdo con su padre y que puede sacar a pasear su dignidad de vez en cuando sin morir en el intento, pero prefiere callar y contentarle porque ya no sabe proceder de otro modo, porque se ha instalado en la comodidad de la cobardía, aunque esto él no lo sabe, y porque junto a su padre anda siempre por su casa todo un séquito de tíos y tías, primos y primas, alcahuetas y entendidos varios a los que nunca supo esquivar y con los que no quiere discutir, así que dicho y hecho, sentenciado y ejecutado. ¿Pepa? No se hable más.
Pepe corteja a Pepa, a su manera, o pese a su falta de maneras, pero triunfa en su misión, para asombro del propio Pepe. Probablemente nunca lleguen a quererse, o sí, pero la aventura promete más que el hecho de no embarcarse en ella. Pepe y Pepa huyen de lo mismo y buscan lo mismo, y el no quererse no es razón suficiente para despreciar este salvavidas. 
Pepe busca desesperado una aprobación paternal que, bien lo sabe él, nunca obtendrá, y le está llevando toda una vida comprobarlo, y el día que le regale el bendito andador, lo volverá a comprobar, porque se lo tirará a la cabeza.
Pepa, por su parte, sólo se busca a sí misma, o lo que queda de ella, que empieza a no ser mucho, y en su casa no lo va a encontrar.


Una vez hecha la compra ya sólo queda bordar tan fantástica tarde, y Pepe, al que hoy han bendecido los dioses con una camiseta espantosa y una broca que seguramente no le servirá para nada, se siente espléndido, con lo avaro que es él, con lo avaro que le han enseñado a ser, y decide echar la casa por la ventana sentando a Pepa en un bar del centro comercial y pidiendo nada menos que dos cañas de cerveza y una ración de tortilla, y que sea lo que Dios quiera.

-“No me apetece cerveza, Pepe. Estoy por pedirme una manzanilla…”.
-“¡Vamos, no jodas, una cerveza aquí te sienta como Dios! ¡Que sean dos cervezas…!”.

Y Pepe pide a voces -otra vez con las voces- las dos cervezas mientras Pepa, resignada, busca en su bolso una aspirina. Que su hombre quiera hacerla sentir como una reina le está costando muchas jaquecas. Pero tiene hombre, lo que le proporciona una sanísima y hasta ahora desconocida distancia con sus padres. Pepa no sabe que hay otras formas de conseguir esa distancia sin recurrir a ennoviarse, aunque si Pepe no cambia el registro de sus aullidos quizás se vea obligada a buscarlas.

Acaban sus consumiciones, pagan y antes de alejarse de la mesa Pepe hace unos aspavientos exagerados para que quede claro que va a dejar propina. Él sí deja propina, lo tiene todo este chico, y coge nada menos que siete monedas, que suman ocho céntimos en total, pero eso no se ve de lejos, y las lanza con tanta fanfarronería que las siete monedas rebotan en el platillo y caen al suelo. Lo han visto y oído todos los clientes del bar; si es lo que quería, lo ha conseguido. Pepa, que aún estaba tragando la aspirina, se lanza apurada a recoger las monedas del suelo, hasta que Pepe la agarra de un brazo, la levanta de un tirón y le dice en voz muy alta, cómo no, en voz alta, que las princesas no recogen cosas del suelo y que las recoja quien las tiene que recoger, es decir, el camarero, según él. 
Él, según todos los demás testigos, incluida Pepa.

Pepe sale de la cafetería sintiéndose John Wayne, completamente seguro de haber salvado a su chica de un momento humillante. Otra muesca más en su nueva vida de Romeo. Ha estado muy ingenioso, desde luego. Lástima que no le haya visto su padre. Lástima que nunca le vea su padre, por más que le mire.

Pepa, además del estómago revuelto por la cerveza, tiene su propia opinión sobre la anécdota de la propina, o cree que la tiene. ¿La tiene? No lo sabe. ¿Qué ha ocurrido? ¿Pepe la ha defendido o la ha avergonzado? No está segura, no suele entender este tipo de cosas a la primera, ni a la segunda, a veces ni a la tercera, y para cuando cree que al fin tiene su propio criterio sobre la gesta de su macho, resulta que ya es tarde, porque se sorprende a sí misma sola descargando la compra en el maletero del coche, mientras Pepe, apoyado en la puerta del conductor, se premia con el primer cigarro de la tarde, y para entonces ya da igual su opinión.


Pepe y Pepa se complementan, se soportan, se vienen bien el uno a la otra, y la otra al uno, y se convencen a sí mismos de que algo sí se quieren, o de que ya se querrán con el tiempo, porque alguien como Pepe no podría aspirar a una mujer que valiese más que Pepa, y Pepa no podría aspirar a un hombre que valiese más que Pepe. Una sola virtud extra en cualquiera de ellos y ambos  estarían fuera del alcance del otro. Así de justitos andan de méritos, por más tierras que sumen entre los dos. Así de justitos se ven ellos de méritos, que es lo peor. 
A Pepe y Pepa les ha venido Dios a ver, bien lo saben, y han aprovechado tan divina visita porque agradecen no andar solos por este centro comercial, artificial y sin sentido que es la vida, sobre todo para ellos.
Pepe y Pepa duermen tranquilos porque ya tienen con quién bailar en las bodas y con quién plañir en los entierros, dichosos porque ya no van a la compra solos y ya no se acuestan y levantan solos, y porque no saben que se puede ser libre en soledad, bendita ignorancia. Se siguen creyendo insignificantes y elementales, así se ven el uno al otro y así se ven a sí mismos, pero es conformismo compartido, y les compensa. Ahora son dos y ya no están solos. Eso sí lo saben”.





Sonia Serna San Miguel
(Segovia, junio de 2018)


miércoles, 28 de marzo de 2018

LA VELETA DE SAN ESTEBAN (MIS SONIADAS)








LA VELETA DE SAN ESTEBAN


“En lo alto del campanario de San Esteban hay una veleta, y en la veleta, un gallo. Es un gallo negro y altivo que soporta estoico los fríos del invierno y los calores del verano, y con la cresta siempre alerta vigila desde su atalaya un paisaje pintado de historia que todos querríamos contemplar.

Pero dicen que este trozo de hierro inerte con forma de gallo, en realidad, no es tal.

Me cuentan algunos vecinos del lugar que durante algunas madrugadas de invierno, cuando hay noche cerrada y las tormentas confinan sin piedad a las gentes en sus casas, el gallo desaparece de la veleta y no vuelve a ella hasta que asoma el primer rayo de sol, y que estas desapariciones coinciden con una procesión de almas que, atravesando sigilosas el arco de San Cebrián, se adentran en la parte vieja de la ciudad y recorren ceremoniosas las empinadas calles a través de las ventiscas. El gallo, transformado en una lengua de luz, las espera en la plaza de San Esteban, donde se une al cortejo de ánimas para recorrer una por una todas las iglesias del barrio antes de que muera la noche.
Hay quien jura haber comprobado cómo no sólo desaparece el gallo de San Esteban, sino otras imágenes y gárgolas del casco antiguo de la ciudad,  y cómo, convertidas ya en espíritus, se unen al séquito de seres penitentes para alumbrar a su paso las calles de intramuros; y se dice que esto es así porque en las imágenes y estatuas de la vieja villa dormitan las almas de seres que causaron mucho dolor en vida, y que están condenadas a sufrir bajo las inclemencias del tiempo y los demonios de la oscuridad hasta que purguen todo el mal que hicieron.

Yo, incrédula que quiere creer, contemplo ahora la veleta de San Esteban, y a su gallo, y me pregunto si esta historia puede ser real y, de serlo, a quién pertenecería el alma que habita en el gallo y qué clase de crimen o fechoría pudo haber cometido. Lo miro y lo vuelvo a mirar, ansiosa por descubrirle en un descuido algún gesto animado o alguna pequeña llama en su plumaje de metal, como restos no sofocados de su última expedición por estas calles de piedra.

La próxima vez que haya tormenta en una noche sin luces me asomaré silenciosa a la ventana, por si tuviera la suerte de ver esta comitiva de vidas no resueltas, y alumbraré mi puerta para aliviar su penar, porque vagar por las tinieblas es pagar con creces cualquier pecado."



Sonia Serna San Miguel

(Segovia, 28 de marzo de 2018)