martes, 10 de agosto de 2021

EN TACATÁ POR EL PARADOR (DE MAZAGÓN)

 





EN TACATÁ POR EL PARADOR

 

“Debo de ser muy pequeña porque me pasean en carricoche y duermo en cuna. Vivo con mis papás en una casita aislada, en un pinar al borde del mar y muy cerca de un edificio moderno que acaban de construir. En este entorno siempre hay mucha luz, se oyen de fondo el mar y las gaviotas y huele a salitre, a pinos y a eucaliptos; también huele a sol cuando cierras los ojos, pero esto no sé describirlo.

Los caminos de esta zona son de arena fina y están sembrados de piñas y de unas hojitas muy finas y puntiagudas que caen de los árboles. Cuando sea mayor sabré que estos pinchitos tan peculiares son hojas aciculares.

A menudo mis papás me bajan a la playa y juegan conmigo a escapar de las olas o a encontrar coquinas. Me divierte la sensación de perder mis piececitos bajo la arena de la orilla para luego sacarlos y mirar cómo mis huellas se llenan lentamente de agua. Es una magia que me hace reír y que mis padres me regalan una y otra vez con una paciencia infinita.

Mis papás parecen encantados de estar en este lugar, donde también viven mis padrinos Esther y Emilio y con quienes sé que compartiremos destino en el futuro en más de una ocasión. Veo a mis padres felices cuando tratan con las gentes de la zona, habitantes casi todos de un pequeño barrio cercano al que llaman Poblado. Uno de estos vecinos es una chiquita joven que ayuda a veces a mi mamá a bañarme y pasearme. Es muy dulce y se llama Mayor, Montemayor. Mis padres la recordarán durante toda su vida, y yo también.

Como aún no sé andar, a ratos me meten en un tacatá blanco que ha fabricado para mí el señor Militino, un segoviano, como mis papás, que ha trabajado en ese nuevo edificio. Cuando me meten en el tacatá me siento libre, y mayor, y veloz, y correteo por unos pasillos largos y luminosos que a mí me parecen infinitos, y que son de esta casona grande que acaban de construir.

Últimamente en este edificio nuevo de paredes blancas, grandes ventanales y anchos pasillos hay mucho ajetreo, llamadas de teléfono y adultos que van y vienen limpiado y colocando cosas. Da la impresión de que se está organizando alguna fiesta, y, mientras los mayores se afanan en lo que sea que estén haciendo, yo miro a través de las ventanas según las voy alcanzando con mi tacatá. Ahí fuera hay jardines, y es maravilloso ver el color verde de los pinos y el malva de las flores de la uña de león. El cielo está casi siempre de un azul tan reventón que parece que alguien sube a enlucirlo cada día. También hay un trocito de mar, o de cielo, en una piscina grande que hay en medio del jardín.

A mí todo esto me parece un sonajero gigante, un juguete a tamaño real que huele a aventuras. Me pregunto si todos los adultos que me rodean lo ven de la misma forma, y no entiendo que no correteen en tacatá por esta especie de palacio como hago yo.

Soy muy pequeñita, pero sé que estamos en octubre de 1968 y que esto es el nuevo Parador de Mazagón. La empresa en la que trabaja mi papá como encargado de construcción ha estado terminándolo durante los últimos meses y están a punto de inaugurarlo; de ahí las prisas, los nervios y la ilusión contagiosa.

Sé que todo saldrá bien y que lo celebrarán con la satisfacción del trabajo bien acabado y el sueño hecho realidad.

Mis padrinos, mis padres y yo nos iremos de este maravilloso lugar y nos lo llevaremos para siempre en el corazón. Mi madre está embarazada de mi hermano, así que se lleva un milagro más.

También sé que volveremos a Mazagón y que fabricaremos recuerdos nuevos.

Soy un bebé, pero sé que en el futuro ningún otro pino de otro pinar olerá como estos de Mazagón, que ninguna otra arena de otra playa me recogerá los pies con tanta dulzura, y sé que en ningún otro sitio el sol dejará este perfume blanco sobre mi piel.

Soy muy chiquita, pero sé que pertenezco a este lugar para siempre.”

 

 

Sonia Serna San Miguel, mayo de 2021

(Segovia)

 

Dedicado con todo el amor a la memoria de mis padres, Víctor Serna y Tasina San Miguel, apasionados de Mazagón y sus gentes.

lunes, 8 de marzo de 2021

UN PUNTO DE LUZ




UN PUNTO DE LUZ


Estoy en un pueblo tan pequeño que cualquiera de sus calles desemboca en las afueras, y las afueras son el campo. Apenas comienzo a andar y ya estoy pisando un camino de tierra que un poco más adelante se abre en otros dos. El silencio es total y maravilloso, y sólo se oyen mis pasos sobre las piedrecitas y algunos pájaros que habrán quedado para merendar. El sol quiere lucir como en primavera, pero bastante hace el pobre con intentar escapar de las nubes.

Echo de menos un poyo en el que sentarme y una pared de piedra calentada por el sol que me recoja la espalda, porque tengo la intención y el gusto de quedarme aquí un buen rato, pero no importa, me quedo de pie y miro y remiro todos esos kilómetros planos y solitarios que rodean esta pedanía.
Voy y vengo muy despacio por los caminos. Me siento afortunada, porque esta tarde no tengo ni quiero tener otra cosa que hacer.
A veces me paro y cierro los ojos, hasta que al final a través de mis párpados noto cómo las nubes han podido con el sol. Apagan el calorcillo que estaba sintiendo en mi rostro y me dicen que haga un par de fotos rápidas, que el espectáculo se acabó, así que hago dos capturas aquí y allá sin poner mucho cuidado porque sé que acabaré borrándolas al llegar a casa. Nada como las imágenes que guardamos en nuestra mente, no digamos en el corazón.
Ya en casa descubro este sol que no recuerdo haber fotografiado. De verdad, no lo recuerdo, y empiezo a fabular con que ese rayo de luz que atraviesa la imagen tiene que ser algún tipo de mensaje sobrenatural, o quizás una señal que me indica las coordenadas de un punto de paz, un punto que estaba esperando que yo llegara para descubrirlo y no olvidarlo.
Naturalmente, no es así, sólo es una foto más, pero qué bonito es imaginar que no estamos solos.



Sonia Serna San Miguel
(Segovia, marzo 2021)

viernes, 26 de junio de 2020

LOS NOMBRES DE LAS ROSAS

LOS NOMBRES DE LAS ROSAS



Es la década de los setenta. Soy pequeña, tengo unos siete años y estoy con mis padres y mi hermano en el mercadillo del pueblo. El cielo está tristón y la compra casi terminada, así que salimos de entre los puestos en busca de nuestro coche. Apenas hemos empezado a subir una cuesta mi padre le dice a mi madre que espere, que le han dicho que allí... que quiere que vayamos a ver si... que no tardamos nada. 

Nos desviamos hacia la derecha y nos paramos delante de una especie de nave o garaje sin acabar, o acabado pero abandonado, creo que sin puertas, con el interior oscuro y las paredes de ladrillo visto. Mis padres entran despacio, con mucha prudencia. 

-Buenos días ¿Dan su permiso?

-Pase, caballero, pase usted-, responde educado un señor que se levanta no sé de dónde, porque juraría que no hay ni sillas en el local. El señor es muy delgado, creo que le falta un ojo (cuando crezca aprenderé que a eso se le llama estar tuerto), y lleva puesta una gabardina que salta a la vista que no es suya. Conserva la mirada de su cuenca vacía, y es tristísima, al igual que la de su otro ojo. Se nota que no tiene buena salud y que no es tan mayor como aparenta.
Tras este señor se levanta una mujer, también joven, aunque ajada, y tras la mujer aparecen varios pares de miradas más, infantiles, tiernas y curiosas. Todos van peinados y vestidos con una decencia y dignidad innatas, a pesar de llevar ropas pasadas de moda y tallas que no se corresponden con sus cuerpecitos; a uno le queda muy largo el pantalón, a otro se le están despegando las coderas del suéter...
Comprendo que es una familia con varios hijos, al menos cinco, y me quedo mirando a la que parece ser la mayor; debe de tener algún año más que yo, es monísima y no me pega con esas paredes inhóspitas y oscuras que la esconden de la vida.


No puedo evitar oír la conversación que tiene esta pareja con mis padres y, aunque soy pequeña, entiendo lo que ocurre, sobre todo cuando veo que el hombrecillo de la gabardina se echa a llorar, escondiendo a ratos su cara enjuta entre sus manos. 
No tienen nada, han perdido todo en una mala racha, están lejos de su tierra y de momento viven, sobreviven, en este garaje. Sé que están abochornados, les da vergüenza llorar delante de sus hijos, no poder mantenerlos, tener que pedir ayuda. Soy pequeña pero esto lo comprendo porque el sufrimiento es evidente.
El señor se disculpa por estar enfermo, "Si yo no hubiera caído enfermo...", y esto hace que mis padres se desmoronen del todo.


Mi padre nos manda esperar en la calle a mi hermano y a mí, pero la nave tiene eco y la calle silencio, y se oye todo. Mi padre le está diciendo a ese señor que hablará con no sé quién, que lo comentará no sé dónde, y que mientras tanto quiere que acepten la poca ayuda que lleva encima. Mi padre le da dinero, el mismo que hace un rato me había negado tener cuando mi hermano y yo le hemos pedido unas chucherías en el mercadillo. Entiendo que ya lo traía apartado desde casa, y le dice al señor que siente no tener más y que hasta pronto. El hombre de la gabardina lo acepta con mucha vergüenza, se seca las lágrimas con una mano y con la otra se despide de mis padres como puede y sin perder la educación.
Cuando nos vamos de aquel infierno con ángeles los niños de la familia salen a decirnos adiós con la mano y nos tiran besos. No tienen nada y nos tiran besos. Me siento culpable, como cuando me hacen un regalo que sé que no merezco pero que acepto sin rechistar.


Al llegar a casa, después de un viaje en absoluto silencio y desconsuelo, y mientras mi madre guarda la compra en la cocina, mi padre coge unas bolsas y las llena con prendas que va sacando de los armarios. En casa hay poca ropa y pocos caprichos, pero aún así mi padre recada cosas aquí y allá, también comida y productos del baño. De mi ropero coge el jersey azul con cenefas blancas, mi favorito, y lo mete en una bolsa. Mi padre me mira y, antes de oír mi queja, me dice "Mamá te puede hacer otro igual". Y es verdad. Me lo había hecho mi madre, como casi todos los que tenemos. Mi madre teje y cose por las tardes, le gusta y se le da muy bien, así que decido aceptar la pérdida porque, además, estoy entendiendo todo.
Efectivamente, mi padre sale de casa con varias bolsas, oigo cómo arranca el coche y se va.


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-Bueno, pues ya está por hoy. ¿Has notado alguna molestia? Muy bien, ya puedes enjuagarte, y ahora te damos cita para el próximo día-.

Estas frases me resucitan y vuelvo al presente, al de mi adultez, a las cuadrículas blancas que adornan el falso techo de la consulta y a la lámpara que me ha estado enfocando esta tarde como si yo fuera un espécimen a analizar.


Resulta que estoy en el dentista. Debo de llevar aquí una hora y media y, por alguna extraña asociación de ideas, he viajado desde el ruido del taladro en mi boca hasta aquella pobre familia que un día conocimos hace ya cuarenta y tantos años. Si lo que mi mente pretendía era zafarse del miedo al dentista, a fe que lo ha conseguido.
Salgo de la clínica como quien sale de su niñez, con la sensación de haber perdido todos mis juguetes. Tengo grabada la imagen de aquel señor tuerto y enfermo, aquel padre de familia perdido dentro de su gabardina y de su vida. Doy por sentado que él y su mujer eran mucho más jóvenes de lo que yo soy ahora y me alivia creer (me obligo a que me alivie, necesito creer) que aquella juventud les habrá concedido, quizás, ojalá, un futuro largo y un destino a su altura.

Ningún padre debería verse en la desesperación de no poder alimentar a sus hijos, y ningún hijo debería ver llorar a sus padres por ese motivo. 
Sigo admirando la educación y los modales que brillaban en la oscuridad de aquella nave, esa decencia que no entiende de clases sociales, y me reafirmo en que no hay mayor pobreza que la espiritual, porque es la que no tiene remedio.


Nunca olvidé aquel episodio, aunque no sé si lo he llegado a contar alguna vez. 
De camino a mi casa, con la memoria en carne viva y media boca anestesiada, me pregunto qué habrá sido de ellos, quiénes eran realmente, de dónde provenían y qué o quién les falló. 
De camino a mi casa, como el novicio Adso de Melk en la película, me pregunto cuál sería el nombre de la rosa, el de aquella niña tan mona que podría haber sido mi amiga, el nombre de sus padres, el nombre de todos ellos."




Sonia Serna San Miguel

(Segovia, junio de 2020)






jueves, 14 de mayo de 2020

ISQUIA ME ESPERA (MICRORRELATO EN MENOS DE 200 PALABRAS)





ISQUIA ME ESPERA
Pequeño homenaje a la película ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (Avanti!)



“Desde que vi a Wendell Jr. y a Pamela cenando en aquella fabulosa terraza del Hotel Excelsior, supe que quería ir a Isquia.

Quiero ver ese mismo azul tirreno atravesando mi copa de champán mientras alguien canturrea el Senza fine.
Quiero que un amable camarero me confiese que desde aquella ventana se ven mejor los amaneceres, y que por aquel caminito escondido se llega hasta su cala favorita.
Quiero visitar el Castillo Aragonés, y aquella iglesia, y aquel viejo café. Quiero callejear por el barrio más antiguo de la isla, perderme y volverme a encontrar.
Quiero echar a navegar mi mirada mar adentro y no tener prisa por ir a buscarla, ni ahora ni luego, porque hay tiempo, porque el tiempo me da tiempo para disfrutar del mar, de la isla, y de nuevo del mar.
Quiero verme pequeña en medio de la bahía napolitana y sentir que estoy donde tenía que estar.
Quiero volver al hotel y ver a Jack Lemmon, elegante, sentado en el hall, también elegante, esperándome para cenar.

Quiero comprobar que sí existe el sueño que llevamos dentro, aunque el sueño simplemente sea ir a Isquia.

Permesso…? Avanti!”.



Sonia Serna San Miguel

lunes, 30 de marzo de 2020

DESDE MI LADO DE LA CUARENTENA






DESDE MI LADO DE LA CUARENTENA

Van ya nueve días de observar, cotillear y mirar, a veces viendo, a veces sin ver, la parte de paisaje que me ha tocado en suerte desde este lado de la cuarentena.
A falta de jardín, corral o terraza, alargo mi cuello todo lo que puedo desde las ventanas, supongo que en un intento inconsciente de volar.


Y a fuerza de mirar me he llevado sorpresas extraordinarias, como la del balcón del portal de al lado. Resulta que tiene tiestos y flores. Nunca había reparado siquiera en que esa vivienda tuviera balcón. Ahora es lo primero que miro al abrir la ventana cada mañana.
También he descubierto que aquellos puntos alargados y oscuros que veo en las laderas del valle del Eresma son pequeñas cuevas. He tenido que hacer fotos para descubrirlo. Pero ¿cómo es que no lo he sabido antes, si las tengo enfrente?
Otra sorpresa ha sido comprobar que ya no se asoma a su terraza la señora del tercero, la que tan amable me saludaba desde su vejez (y desde su soledad, me temo), y que echaba miguitas de pan a las palomas. Miro y miro su terraza, por si un milagro, pero...
Mañana volveré a mirar.

He vuelto a comprobar, en fin, en esta colección de días extraños y desordenados, que no hay dos cielos iguales, que donde ahora hay tormenta antes había sol, que las nubes de ayer ya no existen, que las palomas del campanario son libres y no lo saben, que las palomas y yo echamos de menos a la vecina de pelo canoso, que aquella ventana que amarillea en el barrio de San Lorenzo me hace compañía cada noche, y no lo sabe.
He vuelto a comprobar que en las noches más oscuras caben sueños de colores, y que por debajo de aquel arco iris se pasean los miedos en blanco y negro, sin poderlo disimular.


Sonia Serna San Miguel

(Segovia, 21 de marzo de 2020)

viernes, 20 de diciembre de 2019

LA REVANCHE (Relato en francés, en 70 palabras)





LA REVANCHE


“En raccrochant, j´avais le rouge de la honte au front. C´était ma voisine.
Je détestais ma voisine. Elle jetait toujours ses poubelles dans mon jardin et garait sa voiture devant mon garage. Mais je me suis vengée. J´ai coupé les freins de sa voiture.

Aujourd´hui elle m´a téléphoné et m´a demandé si j´avais vu sa soeur, qui avait pris sa voiture le matin et qui avait disparu depuis ce moment-là.”





Sonia Serna San Miguel


Microrrelato ganador del concurso de microrrelatos de la Escuela Oficial de Idiomas de Segovia, 2019, nivel medio de francés

(Segovia, diciembre de 2019)

miércoles, 27 de noviembre de 2019

DÍA NACIONAL DEL PROFESOR. POR MIS PECAS.









DÍA NACIONAL DEL PROFESOR. POR MIS PECAS.
(Artículo de opinión)






Los que me conocéis en persona sabéis cuántas pecas hay en mi cara, ¿no es cierto? De niña se me notaban aún más, porque mi piel era blanca y joven, naturalmente. Sí, yo tengo muchísimas pecas, ya me lo recordaban a diario el espejo y mucha más gente, sobre todo a lo largo de mi infancia y adolescencia.


Quien además me conoce más íntimamente sabe que he hecho unos cuantos cambios de colegio, instituto y universidad. Mi familia y yo vivíamos en un traslado continuo, y se partía el curso y cambiaba de pueblo, ciudad o provincia en navidades, en pleno febrero o cuando tocara. Para bien o para mal, así ha sido. A los 20 años me molesté en contar estos traslados, y hasta entonces sumaban 18.

Cuando alguien ahora me pregunta que si mi profesor o profesora de tal o cual curso era bueno o malo, sólo en algunos casos puedo responder, no porque no los recuerde, sino porque he tenido tantos y tan dispares que mi respuesta sería una pesadez.

Sin embargo, nunca olvidaré el nombre y los dos apellidos de un profesor que tuve en cierta ocasión, en cierto centro educativo. Coincidió con la época en la que mis pecas (y aquí vienen a cuento las pecas) parecían molestar u ofender a algunos chicos y chicas del lugar, porque me perseguían en manada insultándome un día sí y otro también hasta que llegaba a mi casa desde clase, o cuando me veían sola por la calle, saliendo al anochecido de entre las callejuelas mientras me tiraban piedrecitas y me cantaban un estribillo insultante que recuerdo perfectamente.  Aquello era pavor, en mayúsculas, sin paliativos.

Debo decir dos cosas en defensa de estos chicos y chicas: la primera es que a veces no me tiraban piedras, tenían ese detalle; la segunda, y esto lo digo de corazón, es que sé que esas personas hace mucho tiempo que no existen, es decir, supongo que los adultos en que se convirtieron no harían eso, lo doy por hecho, porque todos cambiamos, nadie somos quienes fuimos, y ahora no volveríamos a cometer tantos errores como cometimos. Los niños son niños. Siempre. 

Bien. Estando un día en la clase de este profesor del que recuerdo nombre y apellidos, se nos comunica una sorpresa: íbamos a ir a visitar otro centro educativo, a modo de pequeña excursión. El alborozo y los aplausos no se hicieron esperar, claro. “¡Qué bien, un día sin clase!”, “¡Hala, qué bueno!”, “¡Y habrá tías buenas!”, “¡Eh, tíos, seguro que ligamos!”…


El profesor también estaba contento y nos dejó regodearnos un rato con la buena nueva. En un momento dado uno de los chicos dijo con voz muy alta: “¡Eh, no os ilusionéis… ¿Os imagináis que lleguemos y todas las tías sean unas pecosas? Qué asco ¿no?!”.

Por supuesto que todos, y digo todos y todas, estallaron en carcajadas. Era esperable, eran chicos y era mi día a día. Lo que yo sentí no os lo voy a explicar, porque no voy a eso.
Voy a esto otro: el profesor, a quien el comentario había hecho estallar en risotadas, aplacó con sus manos el alboroto y dijo: “Hombre, esperemos que no, ya sería muy mala suerte…”, y siguió riendo, satisfecho por haber sido tan guay como sus alumnos.
Esto sí fue demoledor para mí. Era un adulto, era mi profesor, y el profesor era Dios. El aula había dejado de ser un refugio para mi batalla.

En fin, es sólo un ejemplo de cosas no buenas que he vivido con algún que otro docente que he tenido, pero no ha sido la tónica general, ni mucho menos. Por fortuna, por inmensa fortuna, también he tenido y conocido magníficos profesores.

¿Adónde quiero ir a parar con todo esto? A lo verdaderamente importante para mí: a que la docencia me parece la profesión más bella que existe.
Un profesor, un maestro, un educador, tiene tanto poder de influencia en el alumno, puede hacer tanto, pero tanto bien a esa personita que se está formando, que tiene el milagro en sus manos, a poco que se lo proponga, y eso es impagable.

Deseo que todos los docentes sean buenas personas, que no descuiden su propia educación y que tengan sensibilidad, paciencia, vocación y buena formación para enseñar, ayudar y servir de referente a sus alumnos.


Por cierto, que aquel profesor cuyo nombre tengo la educación de no decir, debió de pasar un mal rato el día en que rellenara los boletines finales de notas, porque yo estudiaba mucho, no le di opción, y tuvo que ponerme sobresaliente en todas las asignaturas. Por mis pecas.


Sonia Serna San Miguel
27 de noviembre de 2019